Por José Jaime Ruiz.

La arrogancia tiene límites o hay que limitarla, como la del escritor Javier Marías quien, carabela en timón trata de oponerse a una propuesta simple a través de unas Santas Marías de Inmaculada Concepción disminuyendo la representatividad de un presidente “heredero” de la Nueva España. Ripio mediante, Javier encalla en su islote monárquico y redondo, termina en el reino de Redonda. Ya no hay duda, unidos por sumisión monárquica, Arturo Pérez-Reverte y Marías condenan algo muy discutible: un perdón histórico.

Leamos al monárquico Javier, quien no escribe el nombre completo del presidente de México, pero sí se inclina ante alguien que no fue “electo” rey por treinta millones de españoles, es decir, un rey sin representatividad, como sí la tiene desde una democracia Andrés Manuel López Obrador:

“El asunto se ha puesto de actualidad de nuevo a raíz de la solicitud del Presidente de México, Obrador, de una petición de perdón formal a su país por parte del Rey Felipe VI y –se sobreentiende– de los españoles en general.”

“Hace mucho contó Fernando Savater que, durante sus frecuentes estancias en México, cuando alguien le echaba en cara los ‘crímenes de sus antepasados’, él solía responder al acusador: ‘Serán de los antepasados de usted, porque los míos no se movieron de España ni pisaron este continente, así que difícilmente pudieron dañar a ningún indígena. Es en cambio probable que los suyos sí abusaran de ellos. Haga sus pesquisas y pídales cuentas en la tumba, si procede’. O algo por el estilo.”

Deslindarse de un Imperio desde la “individualidad” tampoco “funciona”, si acaso hay funcionalidad en la cobardía intelectual. Marías se refugia en Savater para, palaciego, voltear la cara y olvidar la historia. Los intelectuales discuten, critican, dialogan, no condenan. Ni Savater ni Marías entendieron esa enseñanza del mexicano Octavio Paz.

“Todo muy melodramático, casi operístico, para lo que no deja de ser una bobada que quizá debería haberse dejado caer en el vacío.

A nadie se le ocurriría exigirle a un lejano descendiente de Jack el Destripador (si supiéramos quién fue) que pidiera perdón por los desventramientos de su tatarabuelo. Ni siquiera se les ha exigido tal cosa a los nietos de Franco, que andan por aquí a mano y no se han cambiado el apellido, y eso que su abuelo mató a mansalva. Todos estamos de acuerdo, cuando se trata de personas, en que los descendientes de un criminal no son ni pueden ser culpables de nada.”

En efecto, Javier, cuando se trata de “personas”. Aquí no sólo fueron personas, fue un Imperio y no sólo conquista, sino coloniaje. Se institucionalizó el saqueo, el pillaje, la esclavitud. La independencia fue un acto de libertad y, a veces, de justicia. Tan claro como las palabras superadas como “Nueva España” y la actual: “México”.

De nuevo, la simpleza. ¿De veras, Javier, eres tan gilipollas?

“Se entiende mal, así pues, que en cambio se siga considerando culpables a los países o a las razas de las atrocidades llevadas a cabo, hace siglos o decenios –tanto da–, por compatriotas remotos o gente antediluviana de color parecido, que nada tienen que ver con nosotros.”

“Pedir perdón en nombre de otros es un disimulado acto de soberbia, por mucho que seamos sus ‘herederos’. Lo que alguien hizo, bueno o malo, sólo a él pertenece. Los vivos no somos quiénes para atribuírnoslo (lo bueno) ni para enmendarlo y penar por ello (lo malo). Aún menos para ‘repararlo’. Para los asesinados no hay reparación posible, ni para los esclavizados. Sus supuestos descendientes no han padecido lo mismo, o sólo muy indirectamente. A quienes se dañó ya no hay modo de compensarlos, ni a quienes sufrieron injusticia. Ocurrió (lleva ocurriendo la historia entera), y los únicos culpables también están muertos, ya no es posible castigarlos. Extender las culpas indefinidamente en el tiempo, a los individuos ‘similares’, a los países o a las instituciones, es una vacuidad oportunista y peligrosa.”

¿La vacuidad, si es vacuidad, es oportunista, y más, peligrosa?

Si leyeras bien se trata de “reconciliación”, no de reparación. Nada de “compensación” ni “enmendar”. Simple, monárquico, Javier Marías, despreciaste la representatividad legítima de un presidente latinoamericano sin discutir; la condena te encadenó. Qué lástima. Bajando al lenguaje de tu peninsular confort: gilipollas.

@ruizjosejaime

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