Por Félix Cortés Camarillo.

Hace casi cincuenta años, uno de mis primeros compañeros de cuarto en mis internados universitarios era de Ceilán y se llamaba Ramil; había venido a Europa a estudiar economía. Hablaba cingalés, en su país colonial el idioma mayoritario, el idioma de la minoría mejor situada económicamente. Las minorías hablan tamil. Ramil era troskista, como correspondía al auge del proyecto económico socialista en los países emergentes de Asia bajo la influencia de Mao. De 1948 a 1977 Ceilán estatizó industrias, repartió tierras y desmembró una economía que, aunque de industrialización imberbe, disminuyó las tasas de analfabetismo y mala salud.

Cuando conocí a Ramil yo sabía únicamente dos cosas de Ceilán. Una, que en sus colinas de se cultivaba a mano, de las hojas nuevas de la planta de chai, la materia prima de uno de los más aromáticos y preciados tés que los ingleses beben puntualmente a las cinco de la tarde, acompañándolos de bocadillos dulces y salados. La otra se me quedó de la secundaria cuando la maestra de literatura me habló del Ramayana, poema épico que muy pocos han leído pero que es tronco de la literatura universal y por tanto materia de a huevo.

El Ramayana es un poema bello y complicado que mezcla figuras míticas, monstruos, seres imaginarios y humanos en un puchero que actualmente se expresa en los extraordinarios trajes, música y danzas de esa región del Asia. El Ramayana cuenta las aventuras de Rama, heredero despojado que tiene que ir a la isla de Lanka a rescatar a una doncella prisionera de Ravana, un ser que –se los dejo de tarea, como dice aquel– tenía diez cabezas y veinte brazos.

Seilão fue el nombre que los colonizadores portugueses escogieron de entre la docena de nombres que tiene la isla, uno de ellos Selan. Hoy, el país insular de 25 millones de habitantes se llama Sri Lanka y sigue siendo objeto de disputas. A lo quiero llegar es que la isla, punto estratégico del comercio y otras malas artes, como la guerra, fue permanentemente botín del colonialismo holandés, británico, portugués y francés. Por su forma, la isla es llamada “la lágrima de la India”.

Muchas lágrimas cayeron en Sri Lanka a partir de los atentados terroristas del domingo de Resurección. De la mañana a la noche, en ocho sincronizados actos, terroristas suicidas entraron a iglesias católicas como la de San Sebastián y hoteles caros como el Shangri-La. Cerca de cuatrocientas personas perdieron la vida; otros siguen entre los dolores del hospital y la angustia del miedo.

Hay una cosa curiosa: entre las víctimas fatales están tres de los cuatro hijos del empresario más rico de Dinamarca, Anders Holch Povlsen, del ramo de la ropa. Entre los terroristas suicidas están dos hijos y una nuera embarazada del más importante mercader de especias de Sri Lanka, el multimillonario Mohamed Yussuf Ibrahim.

Lo cual me lleva al primer párrafo de este escrito. Al igual que Ramil, los dinamiteros no eran pobres agobiados por la injusticia social de Sri Lanka. De la misma manera que detrás del llamado Estado Islámico, que se adjudicó la autoría del salvaje y bien calculado atentado el domingo de Pascua, no hay más ideología que la del odio ni otro objetivo que la muerte.

felixcortescama@gmail.com

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