@ruizjosejaime

Nostalgia lleva en su regreso “algia”, obvio, dolor. ¿Quién murió en 1994? Muchos, pero en el ejercicio de poder, Luis Donaldo Colosio, José Francisco Ruiz Massieu, zapatistas en San Cristóbal, soldados rasos en Chiapas. Como con la materia, en el sistema político mexicano nada se crea ni se destruye, sólo se transforma, inclusive en cuarta transformación. Ley de preservación del régimen.

Diego Enrique Osorno, más que director, como se anuncia en la serie, es un documentalista. Cuando la seducción, inclusive ideológica, del elenco supera al director, no hay ruta creativa. Testamento o testimonio dan para revisión, no para visión. Entusiasta de los personajes, otra forma de poder periodística, da Diego Enrique poca voz a la marginalidad, salvo a los Mayoral, de los sucesos de 1994. Osorno busca a los personajes, no a las personas.

¿Dónde la voz de los custodios de Mario Aburto Martínez? ¿Dónde la del chofer de Chapa Bezanilla? ¿Dónde la de Cecilia Occelli? ¿Dónde la hermana de Diana Laura? El documental no deja de ser, por extensión, eco del poder.

Como las invenciones muralistas que ni son frisos ni frescos, tal vez Diego Enrique no se dé cuenta que, al ejercer la crítica del poder, sólo lo extiende y la rebeldía (¿es mérito que el sub Marcos-Galeano le dé entrevista?) es sólo la sub-panza enorme chiapaneca o la irreprochable sonrisa de Gael García. La inmediatez de lo mediático.

El episodio tres es la mejor hazaña narrativa de Diego Enrique, tensión y tensión y tensión. Luego la diluye por, de nuevo, dar testimonio. Especulaciones van, otras vienen. Enamoramiento del director de la serie con el personaje Carlos Salinas de Gortari, después de su provocativo tropiezo inicial de su banda sonora política, el ex maneja el documental.

Pretender un documental sin posturas, imparcial, dejando que el coro sea, es carecer de dirección. Ningún ensamble domina a la dirección; pregunta, de paso, Diego Enrique a Alondra de la Parra. Creo que es una idea de Baudelaire, toda crítica es parcial, así la asumo. En dos meses el documental de Diego Enrique Osorno se ubicará en los estantes netflixianos del olvido.

En el recuento de los daños, pocos dicen algo nuevo. La obesidad del subcomandante Galeano Marcos es la misma mórbida obesidad de la memoria. Ustedes, los de nunca, siguen siendo los mismos, podría decir, con Ayahuasca, Carlos Salinas de Gortari, el verdadero protagonista de esta historia “exonerativa”.

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