Por Carlos Chavarría.

Podía irse en silencio, pero decidió, en mal momento para México, un muy claro “yo acuso” que explica el porqué de su decisión de renunciar a uno de los cargos públicos más importantes en cualquier nación, el de secretario de Hacienda, ahora está obligado a ponerle nombre y apellidos a los implicados en su carta de renuncia, so pena de que López Obrador lo haga pedazos con verdades o mentiras.

No es la primera vez que un secretario de Hacienda renuncia de fea manera en nuestro país. Hugo B. Margain igual le renunció en su tercer año a Luis Echeverría, declarando que la deuda pública había llegado a un límite insostenible debido a las locuras económicas del presidente, siendo sustituido en la SHCP por su siempre entrañable y fiel amigo José López Portillo dando inicio a la debacle que nos marcó por siempre.

Igual que a Echeverría, el Dr. Urzúa le está diciendo a López Obrador que las personas con influencia en el gabinete que le rodean no tienen idea de cómo se debe manejar el dinero público, pero sí tienen poder para convencerlo.

Es muy sencillo suponer lo que está diciendo de manera muy obvia el Dr. Urzúa, ya no se puede apretar más el gasto para continuar tirando los excedentes en destinos absurdos como los programas sociales sin posibilidades de control o verificación, así como en proyectos que no serán rentables nunca.

La economía de México, como todas en el mundo, siempre ha estado colgada los delicados alfileres de la inversión extranjera en valores mexicanos y, una vez perdida la confianza de estos capitales, no hay salida viable para el crecimiento del país. Ahí están los casos de Argentina y Brasil, que recién están tratando de remontar los daños ocasionados por gobiernos populistas como el que ahora nos toca sobrellevar.

López Obrador ahora no salió con sus acostumbradas balandronadas explicatorias acerca del pasado, como tampoco trató de minimizar lo que está ocurriendo dentro de su gabinete y dizque proyecto de transformación, que ahora sí lo define como un proyecto de izquierda.

Acusó a Urzúa de hablar el mismo idioma de Salinas y que así está plasmado en el Plan Nacional de Desarrollo, documento que aprovechó para desacreditarlo por completo. Que nadie se engañe, López Obrador quiere llevar al país por el rumbo del socialismo populachero y Urzúa se opuso.

El gabinete según la lógica de López Obrador está ahora dividido entre los que son neoliberales y no piensan en la transformación populista que él pretende, y los lacayos de su voluntad que a todo le dirán que sí eludiendo el análisis de las terribles consecuencias. Eso causara más renuncias en el muy corto plazo.

No cabe duda de que el presidente López se leyó los mismos libros de teoría económica de Luis Echeverría y está apurando el paso para su “desarrollismo compartido” y los resultados van a ser los mismos: una nueva crisis causada por la expansión del gasto corriente.

La explicación de López Obrador acerca de la salida fue del todo oficiosa y dirigida a sus cuates, cuando, para acabarla de amolar y sin tener razón de reiterarse en contra del neoliberalismo, vuelve a la carga acusando a Urzúa de pensar en términos neoliberales, y de paso confirmándoles a todo tipo de inversionistas, locales y extranjeros su total repudio a la ortodoxia económica y su intención de una transformación hacia una economía izquierdista, dejando a la imaginación de cada quien que saquen sus conclusiones.

Al nuevo secretario López Obrador le advierte que él sabrá convencerlo de que sus ideas son las correctas en caso de que Herrera piense diferente; asegura que él sí tiene argumentos para convencer, y está claro cuáles son: presionar a su gabinete hasta que truenen.

Nada bueno le puede esperar a este país con un presidente de tan cortos y vacíos alcances, y que todos los días conspira contra su propia gestión. Es una verdadera lástima.

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