Don Diego Díaz de Berlanga describió la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey al redactar el acta de fundación. Tal vez esta sea la primera referencia al espacio público, asumido de inmediato por los colonos, de acuerdo con sus propias nociones de colectividad, convivencia, esparcimiento, gobierno, defensa, privacidad, arte (cómo no), etcétera, y acotado por sus leyes, su fe y sus costumbres.

A siglos de distancia, la geografía reivindica aquel primitivo trazo, pero el espacio público cambió y cambia siempre, desde el propio colectivo humano. Eduardo Ramírez -sin adjetivos, lo que sin duda sustantiva sus reflexiones- habla con Violetta Estefanía Ruiz sobre este tema, donde el arte apenas es un sendero menor respecto a la ruta avasallante de la sociedad y, sobre todo, de los segmentos sociales que asumen el espacio público.

Eduardo Ramírez apunta con justeza los imprecisos límites entre el espacio público y el espacio privado en la metrópoli. Recorre algunas décadas para ilustrar el sentido de pertenencia de la gente ante su espacio; indica, incluso, la forma como las clases sociales lo han entendido, unas cohesionándolo, otras atomizándolo, y prácticamente todas, limitándolo. Un diagnóstico justo, sin duda para un factor social que, si bien puede verse de lejos como un problema, desde adentro es sólo un proceso.

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