Por Félix Cortés Camarillo.

…déjame imaginar

que no existe el pasado

y que nacimos el mismo instante

en que nos conocimos…

Vicente Garrido, No me platiques más.

Desde que tengo uso de razón, y sin afiliación ni simpatía por partido político alguno, siempre he sido un convencido de la necesidad de partidos políticos, fuertes, serios y honestos. Sobra decir que me he topado con la terca y ruda realidad durante más de sesenta años.

El PAN de Gómez Morín y Christlieb Ibarrola, que fue durante muchos años una especie de selecto club elitista de la derecha mexicana fue sin embargo el de mayor consistencia en cuanto a solidez ideológica y claridad programática. Tal vez solamente el Partido Comunista Mexicano era menor en militancia y al mismo tiempo más firme en su perfil ideológico, aunque este fuese diseñado fuera de nuestro país.

Pese a esas debilidades, que en el caso del PAN fueron evolucionando en alcance y arraigo, y en el del PC desembocó en su dilución y una diáspora que emigró al partido del gobierno, siempre fui defensor de la necesidad de su existencia y presencia: después de todo eran las únicas instancias de alternativa al Partido Nacional Revolucionario que luego mutó al nombre de PRI, poderosa agencia de colocaciones del gobierno de alto presupuesto oficial y eficiente estructura para los períodos electorales.

El resto de los partidos satelitales como el Popular Socialista y el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana fueron simplemente una caricatura de instituciones políticas que no pasaron de ser paleros del PRI en cada elección.

En 1989 se dio la primera gran crisis del PRI ante la tozudez del presidente Salinas de Gortari y la docilidad de De la Vega al frente del partido; de ahí surgió la salida de priistas que buscaban ser diferentes como Porfirio, Cuauhtémoc, López Obrador, y otros que se fueron con su música a otra parte a hacer el PRD.

Siempre estuve convencido de la necesidad de que esos pequeños partidos agarraran fuerza y logaran constituirse en una verdadera oposición, en alternativa de mandos para los mexicanos. Tanto el PRD, pero de manera especial el PAN superaron la pendiente rumbo al poder. El deterioro del PRI en el poder presentó su primer gran derrota cuando Zedillo tuvo que conceder, antes que cualquier otro, el triunfo de Vicente Fox.

Seis años antes, la obstinación del aparato en el poder impidió el triunfo de Cárdenas, cuando la primera encuesta nacional de preferencias electorales arrojó un resultado marginal pero claro en su favor.

Ahí comenzó la crisis de la partidocracia mexicana. La obvia descomposición priista y la carencia de opciones llevó por doce años al poder a candidatos del PAN, de ejercicio lamentable.

En esa ineficiencia, ligada a la corrupción que se enseñoreó tolerada por el frívolo Peña Nieto, reside el triunfo del presidente López. Morena, como tal, no es un partido político: vuelve a ser poderosa agencia de colocaciones del gobierno de alto presupuesto oficial y eficiente estructura para los períodos electorales. Se trata de volver al monólogo, como si hubiéramos nacido el día en que nos conocimos.

Como en el juego de la Oca, estamos de nuevo en el cuadro número uno. Si a eso añadimos la incapacidad de los llamados partidos políticos, el panorama de nuestro futuro se muestra sumamente negro.

Este fin de semana lo que queda del PRI “eligió” a un nuevo dirigente, ante la apatía de un veinte por ciento de militantes que, nos dicen, acudieron a votar en una desairada selección, destinada a convertir al PRI en un remedo de lo que fueron el PPS y el PARM para el partido en el poder.

Es ineludible la destrucción del PRI desde la raíz. Hay que fundar un partido nuevo, joven, diferente, que sea una eficiente oposición a la maquinaría priista de poder absoluto del “señor” que ahora se llama Morena.

Es una exigencia de todo país que quiera caminar hacia la democracia.

Creo que es lo que los mexicanos queremos. No queremos más de lo mismo.

felixcortescama@gmail.com

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