Por José Francisco Villarreal

¿Cómo podemos definir que al amparo de la muchedumbre se realicen actos como romper vidrieras, pintarrajear paredes y monumentos, agredir a otros (ya sea con una mentada, o con purpurina (glitter), o con los puños)? ¿Es correcto llamar a esto “vandalismo”? Sí, eso es vandalismo. Pero como en todo, hay matices. Así, el vandalismo feminista de este viernes en la Ciudad de México apenas fue algo más que pintas y otras acciones más bien simbólicas y bastante inocuas; lo demás fue otro matiz del vandalismo, fue terrorismo doméstico (no necesariamente originado por las mujeres).

Desde días antes, una gran cantidad de varones capitalinos estaban enterados que, durante la marcha contra la violencia de género, las mujeres iban a estar armadas con purpurina rosa. Una intimidante arma de destrucción masiva que seguramente puso a temblar la virilidad de más de uno. ¡Claro! No hay nada peor para la dignidad de nuestras gónadas que su bravío portador se exhiba manchado por esa castradora sustancia… ¡Y rosa! ¡Que abominación!

Pero… ¿iban dispuestas a agredir? Definitivamente sí. Un ataque planeado con purpurina rosa (o de cualquier color) no encaja en una marcha pacífica. No hay ataque pacífico. Ahora que, ¿iban dispuestas a dañar a personas, o a propiedad privada o pública? No. Tal vez, si acaso, exhibir su terror, su indignación, ante un hecho tremendo que la autoridad y los medios soslayan, una verdadera masacre que deja a Patrick Wood Crusius como un mediocre terrorista de párvulos.

Así que, por más que las consignas y el orden de la manifestación intentaran mantener el control, la razón misma de la protesta, el terror, la indignación, la impotencia, tenían sus propios detonantes preparados. La masa es difícil de manejar, y basta una chispa mínima para que todo se salga de control. Sobre todo si se infiltran vándalos profesionales, que son especialistas en desvirtuar hasta una peregrinación a la Basílica. Los conocemos. Tienen una larga historia y, por lo visto, mucho futuro. Algunos les llaman “anarquistas”, pero sólo son mercenarios (y nos asombramos del terrorismo doméstico y del supremacismo blanco en EUA).

En las imágenes de actos vandálicos (sí, fue vandalismo, no hay otra manera de nombrarlo), noté hombres embozados. Durante años he visto otras marchas con sujetos así haciendo prácticamente lo mismo: detonando la violencia en actos pacíficos. No dudo que algunas de las marchantes se contagiaran de esa violencia y la ejercieran por su cuenta. Es fácil manejar a las masas, corromper las consignas, sobre todo cuando la manifestación nace y se expresa desde las emociones.

La más grave de todo esto es que ahora la opinión se divide a favor y en contra de la marcha, y con ellos desestiman el propósito de esa marcha: denunciar (¡por enésima vez!) el genocidio sistemático perpetrado en México en contra de las mujeres. Peor aún, muchos no pierden la oportunidad para maquillar el hecho con ideologías políticas (¡inocentes!, en México no hay ideologías políticas sino partidos con iniciativa).

Ahora, el arma por excelencia de la protesta femenina, la purpurina rosa, se va vuelto contra ellas transmutada en purpurina negra. El vandalismo criminal abre una fisura más en la cohesión social, en el momento menos indicado, cuando la política hace lo mismo desde otras trincheras.

De plano que fue un mal día para las mujeres mexicanas, que es decir todos los mexicanos. Definitivamente, hay demanda nacional de purpurina negra.

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