Por Carlos Chavarría.

Los gobiernos latinoamericanos siempre han interpretado y pretendido tropicalizar las teorías económicas a su conveniencia política doméstica sin importar que estuvieran exponiendo más a sus comunidades a mayores costos en el futuro.

En nuestra región hay una especie de moda reivindicatoria del pasado representada por los muy populares afanes de repartir dinero en diversos programas sociales como una manera segura de obtener la aprobación electoral sin decirle a la gente que tarde o temprano se tendrá que pagar lo recibido.

Es malo que un líder no lea nada de economía, pero leer pedacitos es catastrófico, cuando están en el poder y deben tomar decisiones. Así ocurrió con el México de Luis Echeverría y López Portillo, el peronismo en Argentina de aquella misma época, la respuesta a las crisis creadas por los excesivos déficits en que incurrieron los gobiernos fue el Consenso de Washington, que le han dado en llamar neoliberalismo pero que en realidad no son sino un conjunto de medidas prudenciales.

Lo que ha impactado en las naciones subdesarrolladas ha sido que pese a los sacrificios de 40 años del Consenso aún persisten la pobreza extrema y la desigualdad y las nuevas generaciones ya no esperan y sólo quieren escuchar la magia del populismo.

Desde los 90´s del Siglo XX ya despuntaban las teorías acerca del efecto sobre las economías causadas por las asimetrías, en la información encabezadas por quien en 2001 recibió el Premio Nobel, el Dr. Joseph Stiglitz, quien argumento que no existía nada parecido a una mano invisible que lleva al equilibrio, debido a la gran manipulación con la información acerca de los mercados.  Por cierto, que Stiglitz fue uno de los creadores del Consenso de Washington y asesor económico en jefe del presidente Clinton.

Stiglitz se ha convertido en un defensor de las intervenciones de los gobiernos en los mercados para alcanzar el óptimo bienestar social y de hecho no pocos gobiernos y en especial en América Latina han seguido a pie juntillas las recomendaciones genéricas del Premio Nobel que suenan a sus oídos como cantos celestiales para la ola populista que todavía rige los destinos de la región.

A la nueva tendencia, en apariencia contraria al mal llamado “neoliberalismo”, lo han bautizado como “Nuevo Keynesianismo” que no es sino la intención del viejo Keynesianismo de la Gran Depresión de corregir las “fallas del mercado” debido a que la competencia siempre será imperfecta y el gobierno tiene la obligación de intervenir a través de la política fiscal y monetaria con su banco central.

Pero en ningún momento Stiglitz se ha pronunciado apoyando los afanes distribuidores y los absurdos programas de gasto de Venezuela, Argentina, Bolivia, y demás países, que conducen a las crisis ya bien conocidas y que la cortedad de la memoria hace que soslayemos.

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