Por Félix Cortés Camarillo.

El sendero político mexicano está, indudablemente, sembrado de engaños y trastupijes. Es por ello que no debe asombrarnos el movimiento, conjura, intriga, confabulación o sentencia divina que involucra al gobernador de Nuevo León y a su Secretario de Gobierno por supuestas –reales– violaciones a la legislación que rige los procesos electorales de nuestro país.

El asunto es muy simple: a la manera de las brujas de Macbeth, alguien le metió a la oreja de Jaime Heliodoro, tan necesitada de la caricia de la mentira, la frase milagrosa: “Tú serás rey”. Engañado como estaba sobre sus supuestos atributos, le creyó a su caro publicista, caro de cariño y de precio, que si él lo había convertido en gobernador, lo podía convertir por arte de birlibirloque en Presidente de la República. Desde luego que el publicista Rentería estaba mintiendo: es su oficio.

Según el garlito, para ello solamente necesitaba arrejuntar un par de centenares de miles de firmas de ciudadanos que apoyaran su candidatura, supuestamente popular y supuestamente independiente.

Burócratas, ¿para qué os quiero?

Más se tardó el gobernador en insinuarlo, que los diligentes jefes de departamento del gobierno del estado comenzaran a reclutar simpatizantes de apoyo. Y de a huevo. Firmas reunidas, registro obtenido, campaña frustrada, elecciones previsibles, El Bronco regresó a pedirle cuentas a su gobernador sustituto, Manuel González, supuesto encargado de la colecta de firmas. Y aquí no ha pasado nada.

¿No? Un escuálido congreso estatal de oposición logró de las autoridades electorales que le ordenara sancionar al gobernador frustrado y a su secretario de gobierno por el uso de recursos públicos –los salarios de los empleados del estado reclutadores y reclutados– en la entusiasta recolección de firmas. Ahora andan los supuestos representantes populares anticipando destitución, juicio político, sanciones económicas o de perdis una regañada a los dos principales funcionarios de Nuevo León.

No va a pasar nada.

Los que creen realmente el discurso de las conferencias mañaneras de prensa de que los de ahora ya no son los de entonces, se equivocan de cabo a rabo: los morenistas de hoy son los priistas de ayer y sus procedimientos y complicidades son las mismas. Si el moreno mayor no lo ordena, El Bronco y Manuel González no tiene nada de que temer. Aunque les apriete el calcetín en la distribución de los fondos federales: eso no es exclusivo de los norteños. Si no tienes Tren Maya, Plan del Istmo o Refinería Dos Bocas, olvídate del dinero federal.

PILÓN.- Lo bueno de la inevitabilidad de la muerte es que no hay edad para que llegue.

Francisco Benjamín López Toledo, el grabador, pintor y escultor Francisco Toledo, murió la noche del día cinco, a la temprana edad de 79 años. De todos los artistas estrafalarios mexicanos, el más estrafalario e iconoclasta. De todos los creadores de raigambre en lo indígena y lo telúrico, el más indio y terrenal. De todos los pintores casados con las causas sociales, la pobreza y la sencillez, el más izquierdoso y comprometido. De todos los buscadores, el de mayores hallazgos.

En mi Monterrey querido, yace literalmente una fuente creación de Toledo que se llama La Lagartera, en el artificial punto de origen del río de Santa Lucía, que en la vida real nacía allá en el sitio que llamábamos hace sesenta años El Canalón y cuyo curso pasaba precisamente por debajo del Cinema Rex y la cantina Fornos, vecina del primer centro nocturno regiomontano –¡distancia y categoría!– El Patio. La obra escultórica a la que me refiero fue producto de una combinación de la generosidad de Toledo, el capital de los iniciativos regios que encabezó Mauricio Fernández y el interés de Natividad González Parás por trascender de la mejor manera que se debe trascender en política, el impulso a las artes. Algo que Andrés Manuel, en su afán de trascendencia, desconoce.

Debiera ser merecedora, La Lagartera, de que le avienten un lazo de afecto y cuidado y la echen a andar. No cuesta nada, a pesar de las tarifas de la CFE.

Es una obra bella y que, con la muerte de su autor, se puso de moda. Al menos quince minutos.

felixcortescama@gmail.com

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