Por Félix Cortés Camarillo.

La torpeza del gobierno federal y de la Ciudad de México el miércoles pasado, en el manejo de las provocaciones durante la desairada marcha del recuerdo de la masacre de 1968, me hizo recordar el chiste procaz y norteño de aquel fulano que descubre una avispa deambulando en medio de sus nalgas; su dilema es simple. O aprieta firmemente los músculos de los glúteos y el insecto le pica, o afloja toda la musculatura y entonces le va seguramente peor.

Ante la inevitable presencia provocadora de los mal llamados anarquistas, grupos de jóvenes que recuerdan a los “halcones” de 1970, el presidente López y la gobernadora Scheinbaum tenían dos opciones: dar manga ancha a los muralistas improvisados de edificios públicos y destructores de vitrinas ajenas, o hacer que se cumpliera con la ley arrestando y sometiendo a proceso judicial a todo aquel que la violara. De todos modos, iban a quedar mal y en este nuevo régimen debemos acostumbrarnos a que el parecer es mucho más importante que el ser. Todo, menos que parecer represivo.

El gobierno de la Cuarta Simulación no optó por ninguna de las dos opciones entonces. Se desempolvaron los granaderos, que oficialmente –como el CISEN, la corrupción y el avión presidencial– ya no existen. Estos uniformados cumplieron con su función de amedrentar con una intervención más allá de blandir amenazantes los escudos de duro plástico.

La mayor metida de pata estuvo a cargo de la gobernadora de la Ciudad de México. De manera totalmente ilegal convocó a doce mil empleados de la ciudad para que se uniformaran con camisetas blancas que llevaban al frente la leyenda “Dos de octubre no se olvida” y en el dorso “Círculo de paz”. En la impecable teoría de la señora Scheinbaum esos burócratas que iban en un “voluntariado” de a huevo iban a contener con la fuerza de sus palabras las agresiones de los que venían vestidos de negro y armados de latas de spray, protegiendo así a los manifestantes que ni siquiera sabían por qué estaban marchando.

El fracaso fue colosal y ridículo. Amén de ilegal.

El episodio hace recordar la convicción del presidente López, que amenazó a los vándalos criminales con acusarlos con sus mamás y papás o con sus abuelos para que les dieran un jalón de orejas, unas nalgadas, o como publicó ayer mi amigo Armando Fuentes Aguirre un correctivo en las nalgas con vara de membrillo. Que suele doler mucho, me consta.

Ya comenzamos a entender que los simulacros de la democracia son como la boda del piojo y la pulga: suelen tener muchas carencias.

Y que una cosa es ser oposición y marchar rumbo a Palacio Nacional esperando la más espectacular de las represiones, que siempre deja mucho parque político, y otra muy distinta es en el papel de gobierno enfrentar con inteligencia las provocaciones más siniestras.

PILÓN.- Las tribulaciones del gobernador de Nuevo León Jaime Heliodoro Rodríguez y del hasta ayer ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Eduardo Medina Mora, no han terminado; entran simplemente a una etapa más seria. Las pillerías de uno y otro no son similares, ni siquiera cercanas, a juzgar por el monto de dineros que por un lado se dedicaron del erario nuevoleonés a arrejuntar firmas para la candidatura independiente de El Bronco, y por el otro las sumas inmensas que se supone están involucradas en el caso de quien fuera funcionario consentido de Enrique Peña Nieto que hasta embajador en Washington lo hizo, siendo esa posición la más importante del servicio exterior y siendo los Estados Unidos de donde supuestamente vienen los datos que indician a Medina Mora en inexplicable enriquecimiento.

Ambos casos son inéditos. Ningún ministro del más alto tribunal del país había renunciado en la historia de nuestro país. Hasta ahora ningún gobernador ha sido corrido por pillo. Medina Mora ya renunció. Yo apuesto a que El Bronco sigue hasta que termine su mandato. Todo depende de lo que diga cierto dedito de frecuente popularidad.

felixcortescama@gmail.com

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