Por Carlos Chavarría.

Atestiguamos una transformación que no pedimos, que no se ofreció, a la de un gran vendedor de esperanzas que bien pronto todo lo convierte en conflicto e incertidumbre.

De un hombre que supo sintetizar el sino y la circunstancia histórica de un pueblo en bien pocos impulsos claves para ganar el voto popular. De un hombre que adoptó como suyas las imágenes de grandes hombres de otra época de la historia de México y se atrevió a comparar sus propósitos con los de aquellos.

De una persona que sin duda afanó mucho para conseguir la silla presidencial, siempre usando los estandartes de la honestidad, la tolerancia, la verdad, la austeridad, la frugalidad de su discurso y su desparpajo beligerante, a otro que va mostrándose muy diferente, pero más auténtico.

Como candidato hacía gala de su honestidad y ahora se pasa por el Triángulo de Scarpa todas leyes y procedimientos que aseguran la honestidad en los asuntos de gobierno, en razón de que tiene prisa. También resulta que tiene amigos y predilectos.

Se vanaglorió de que con él sí habría transparencia y autenticidad en la información y en cuanto se hizo con el poder empezó a resolverlo todo con sus datos aun en contra de las fuentes “oficiales” de los órganos autónomos del gobierno para los que ya ha mostrado su enojo y desacuerdo.

Ofreció una visión sin engaños y subjetividades sometidas a los intereses de grupos de poder, pero se inclina con gran gusto a los chantajes de unos cuantos de los peores pseudo líderes que lo rodean y comprometieron, cuando al mismo tiempo se la pasa fustigando a todo lo que signifique empresa libre.

Ahora tiene aliados que no buscó abiertamente en el campo socialista que azota a Venezuela y Argentina y seguro eludirá confirmarlo, aunque en lo oscurito les entregará recursos para financiar su desgracia.

Sus teorías económicas enfatizan el reparto del producto de los que si trabajan hacia los que según él son víctimas de la propia economía desviada por la mezquindad del capitalismo al que llama “neoliberalismo” y todas sus acciones están dirigidas para volver a imponer un estado totalitario que supla al costo que sea a la iniciativa liberal.

Siempre antepone la palabra “respeto” en todas sus alocuciones y diatribas ante la crítica cuando en realidad es del todo irrespetuoso en los adjetivos que impone para gusto y solaz de sus “cuates”.

No le bastó equiparar su pretendida transformación con las que impulsaron Juárez y Madero. Ahora declara que las circunstancias y críticas por las que atraviesa su propósito es igual que lo ocurrido en tiempos de Cristo.

Todos los días se confronta con alguien al ejercer lo que llama su derecho de réplica y ante la opinión critica de algunos generales del Ejército ya habla de conspiraciones para derrocarlo y golpes de estado como buscando el apoyo popular para minimizar los enorme yerros en la administración que encabeza.

La tomó contra los reporteros de su propia conferencia diaria porque divulgaron con demasiada rapidez las distintas informaciones incoherentes que se generaron desde su propio gabinete ante la emergencia de Culiacán y los acusa de no agradecerle a quien les quito el “bozal”.

Hoy acusa conspiraciones como antes complots y dirige su defensa hacia los militares que le han mostrado su molestia por los maltratos recibidos, mañana empezarán a aparecer los nombres que le convenga poner en el lado de la barra conspiradora.

Aquí lo único que seguro se ha transformado es la paulatina perdida del autocontrol de la personalidad y carácter de quien debería ser ejemplo de templanza y que busca condenar al retroceso a nuestro país. Es una lástima.

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