Por Félix Cortés Camarillo.

Hacia finales de 1968, y a la vista de los acontecimientos del dos de octubre, el presidente Díaz Ordaz se dio cuenta de la importancia de los medios electrónicos de comunicación, especialmente la televisión; esto, a pesar de que las televisoras fueron en aquella noche del dos de octubre, me dicen, fueron remisas u omisas en su información sobre la noche de Tlatelolco. Por el contrario, los medios impresos fueron más osados. La caricatura de Abel Quezada en Excelsior, un rectángulo totalmente en negro es memorable.

De cualquier forma, el presidente quiso hacerse de la televisión; al menos del control editorial en las noticias. Hasta ese año, los programas noticiosos estaban en manos y bajo el patrocinio y administración de los dos diarios que presumían ser los más importantes, Excélsior y Novedades. Díaz Ordaz tenía en el bolsillo a los dueños de Novedades, Miguel Alemán y Rómulo O´Farrill. La cooperativa de Excelsior no era tan fácil. Pero el objetivo era la televisión. De la mano de su secretario de Hacienda, Ortiz Mena, Díaz Ordaz acudió con la idea de crear además de los ya existentes, un impuesto adicional para la radio y la televisión por el 25 por ciento del total de sus ingresos; el equivalente a una quiebra.

Dícese que Don Emilio Azcárraga Vidaurreta, el zar de la televisión, fue a ver al presidente Díaz Ordaz con los títulos accionarios de los canales 2, 4 y 5 y los arrojó sobre el escritorio diciendo algo así como “para qué quiere el 25 %, aquí tiene el cien”.

Antonio Ortiz Mena fue el moderado mediador. Al final llegaron a un acuerdo de que los radiodifusores no pagaran el 25 por ciento de sus ingresos sino la mitad, el 12.5; lo más importante es que en lugar de pagar en pesos y centavos, ese 12.5 por ciento lo pagarían con tiempo-aire, una moneda que a los concesionarios afectó menos.

Ese es el origen de los llamados tiempos oficiales en la radio y la televisión, segmentos de la programación en que los sucesivos gobiernos nos han inundado con mensajes de propaganda gubernamental de la más baja estofa y sumamente aburridos.

En esta circunstancia, el presidente López acudió ayer a la comida que cerraba la llamada semana de la Radio y la Televisión, en la que concesionarios y directivos de los medios electrónicos se reúnen para ratificar el pacto no escrito de sus estaciones con la institución gubernamental. El Presidente hace a cambio graciosos reconocimientos.

El presidente López acudió ayer al World Trade Center y no se quedó a comer con los radiodifusores; no obstante, les dejó la oreja caliente con el recuerdo de su vahído. Va a reconsiderar el monto de los tiempos oficiales del gobierno en los medios, una demanda largamente acariciada por los concesionarios. El Presidente fue más allá en su prepotencia: no los necesita, y así se los hizo saber. Todos los días fija la agenda informativa en sus llamadas conferencias de prensa de las siete de la mañana, que inevitablemente cada redacción tiene que seguir, para bien o para mal.

La dispersión de la oferta de señales electrónicas ha cambiado el panorama. Cuando Díaz Ordaz decretó los tiempos oficiales, había seis señales de televisión disponible en cierta porción del país. Con la evolución tecnológica ese número se ha multiplicado por treinta. Sin contar los servicios de streaming o las “benditas” redes sociales. Todos ellos pendientes de la línea que lanza editorialmente el presidente López.

Sabia virtud de conocer el tiempo, escribió Leduc.

felixcortescama@gmail.com

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