Por Eloy Garza González

Los grandes espectáculos son en México una de los principales fraudes empresariales y una fuente de corrupción poco analizada. Se trata de eventos artísticos que no facturan ni reportan al SAT el impuesto correspondiente por la venta masiva de cervezas y bebidas embriagantes.

Las nuevas modalidades de corrupción abarcan este tipo de conciertos. También el uso de espacios públicos para eventos privados que forman parte de este ecosistema envilecido, solapado por los medios masivos que de igual manera ganan por contratos de publicidad y merchandising. La complicidad es plural.

Las transas, fraudes y timos en el mundo del espectáculo se han convertido en una epidemia en el mercado musical mexicano. Empresarios que venden conciertos con artistas que nunca contrataron, para finalmente regresar al público el pago de boletos, pero quedándose con 20% de comisión, más el jineteo del recurso depositado en las instituciones bancarias.

Pero muchos empresarios artísticos también han sido víctimas de fraude. Proliferan los bookers, que enlazan promotores y representantes con inversionistas, que hacen firmar contratos con letra chiquita y un par de semanas antes del concierto, exigen al inversionista más erogaciones absurdas, por ejemplo, porque el artista decidió llegar en avión privado, no en línea, o porque los músicos exigen hospedarse en hoteles de cinco estrellas. Al inversionista timado no le queda otra más que cancelar el evento, aunque pierda el anticipo de 50%.

Dado que el mercado musical ya casi no gana por concepto de venta de cedés, ahogados por el streaming, sino por presentación de artistas, tanto fraude y actos de corrupción o desvío de recursos públicos están acabando con la buena imagen de los cantantes, compositores y profesionales de la música en México, sepultados por una mafia tan nefasta como la de los cárteles de la droga.

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