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Por Eduardo Campos Sémeno

Diario del Coronavirus 021. 5 de abril de 2020

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11:00 PM

Cuando Andrés Manuel López Obrador arrancó su sexenio cumpliendo su promesa de campaña de detener la construcción del Aeropuerto de Texcoco, recuerdo que las redes sociales y los Medios se inundaron de defensas al susodicho proyecto.

Esas opiniones provenían, casi todas, de personas que con el tiempo he confirmado que tienen un mismo perfil: no votaron por AMLO, son neoliberales, son “emprendedores” comerciantes o empresarios y simpatizantes de ese grupo y –al final– se cuentan ellos mismos entre los denominados “Fifís”.

Aunque se que esas ideas obedecían a una postura política, lo que me sorprendió en ese entonces era el apasionamiento con que se esgrimían los argumentos, muchos discutiendo al detalle el costo económico y financiero de detener el aeropuerto y otros tantos señalando, hasta con términos técnicos, las bondades de esa obra y el error que significaba cambiar el proyecto por el de Santa Lucía.

Me admiraba que comercializadores de productos agrícolas, vendedores de seguros, o comerciantes de ropa que yo conocía, de pronto aparecieran como eruditos en finanzas y en aeronáutica y expertos en aeropuertos, que discutían sobre longitud de pistas de aterrizaje, patrón de los vientos y proximidad de montañas.

Yo, viajero infrecuente, lo único que sabía (y se) de los aeropuertos es que todo lo que venden en sus tiendas es carísimo. Bueno, eso, y que al inicio de este siglo Vicente Fox quiso hacer un aeropuerto similar, que se lo impidieron unos ejidatarios con machetes y que luego de ese incidente el país no se cayó a pedazos sin nuevo aeropuerto.

Todo eso me viene a la mente, porque a la hora que me siento a escribir este diario, mi teléfono está lleno ya de opiniones igual de apasionadas que aquellas sobre el aeropuerto, pero ahora sobre otras decisiones presidenciales.

Todavía ni repaso bien lo que dijo el mandatario en su discurso de la tarde, cuando ya hay voces que me dicen que AMLO “puso al País de rodillas”, que “parece rebasado por el momento histórico”, que fue “la versión más chiquita del presidente” y que –¡terror!– entramos “en una fase en extremo crítica: la depresión más grande en 100 años”.

Entiendo claramente que el presidente no dijo lo que CCE, Pymes, empresarios, comerciantes y restauranteros querían o esperaban. Sin embargo, como que se me hace un mucho pretencioso, y un tanto ficticio, que media hora después del mensaje se hagan juicios tan drásticos como si los que los emiten fueran genios de la economía y las finanzas o grandes prestidigitadores que ya saben lo que va a ocurrir en el mundo futuro.

Menos me gustan los tonos y las palabras que le dicen a la población que “ya nos cargó el payaso”, infiriendo que si no nos mata el coronavirus, vivir en este País con AMLO a la cabeza, igual es muerte segura. Manipulación y uso del miedo tratando de ganar posturas políticas.

Y conste que no estoy defendiendo las decisiones de AMLO, pues igual que no soy experto aeroportuario, tampoco soy Maestro en Finanzas Públicas, sabio de las causas y consecuencias de las políticas económicas de las naciones en el Siglo XXI y, menos, adivinador del futuro, como para decretar hoy lo que va a ocurrir en las próximas semanas.

¿Qué les parece esperar aunque sea un poco antes de pregonar el fin del mundo como Chicken Little? Tal vez soy muy optimista. Mi amigo Méntor Tijerina me recordó hace un par de días una frase de Artemio Benavides: “Un pesimista es un optimista bien informado”. Espero que en esta crisis del coronavirus todavía haya espacio para el optimismo real y que todos podamos salir adelante, por más que le disgusten a algunos los modos y planes presidenciales.

Como siempre, comentarios dirigirlos a ecampos50@gmail.com o en Facebook en la página Diario del Coronavirus o con el user @eduardocampossemeno.

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Vía / Autor:

// Eduardo Campos

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Autor: stafflostubos
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