Por Joaquín Hurtado

Cuenta la leyenda que allá en el Monterrey de hace muchos años pasaban por una horrible tragedia. La gente se moría ahogada, asfixiada con pulmones colapsados en hospitales a reventar. Sufría el azote de una pandemia. Pero cómo era posible que le sucediera algo así a esta comunidad si su gente era limpia, honesta, buena, trabajadora, luchadora, de mucha unión familiar y valores cristianos. Gente muy derecha y muy bonita la de este Monterrey.

Pero ahí tiene que le cayó encima otro castigo. En todos los medios de aquella época se anunció el golpe directo de un huracán. Por Corpus Christi entraban vientos, lluvias y centellas del mal tiempo para venir a clavarse directito en el corazón de aquella industriosa urbe. De por sí ya había mucha desesperación y dolor. Se fue la luz, cundió el temor, se vio escenas de destrucción y quebranto al paso de aquel fenómeno. Algunos regiomontanos fueron arrastrados por las crecientes. La tormenta Hanna, como se llamaba, era cosa maldita, obra del diablo. Sin embargo…

A las pocas horas de la catástrofe sucedió algo que conmocionó a la sociedad. Cuentan que unas mujeres agitaron pañuelos benditos empapados en lágrimas y fe; señales de vida, paz y esperanza. Muy recias elevaron sus oraciones y lemas por todas las vírgenes atropelladas. Las muchachas más jóvenes y valientes soltaron cadenas de oración en redes de fe. Y entonces, para asombro de todos, llegó la respuesta a tanta devoción. Increíble milagro. Con majestuosidad y delicadeza la virgen enterrada por un malvado Alex apareció radiante en el lecho del río, bajo los cielos nublados.

Estruendosos clamores de lucha y devoción se escucharon a lo largo del Santa Catarina, vena verde de la ciudad progresista:
¡Ni una menos, vivas nos queremos!
¡Va a caer, el patriarcado va a caer!
¡El aborto será ley!

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