Por Félix Cortés Camarillo

No se puede prohibir la elección de pensar

Ni se puede impedir la tormenta en el mar

No se puede prohibir que en un vuelo interior

Un gorrión al partir busque un cielo mejor…

Eladia Blázquez, Prohibido prohibir

Bordón y muletilla son en castellano dos recursos repetitivos y vacíos que quienes carecen de habilidades retóricas utilizan con frecuencia cuando se les atora la carreta del discurso. “O sea” es un mal ejemplo, porque las muletillas más usadas son frases completas que sugieren conocimientos más profundos de los que no se considera necesario abundar porque son de todos conocidos.

El presidente López ornamenta -es un decir- sus matutinas peroratas con muletillas cancinas de tanta repetición: no somos como antes, soy el presidente más atacado por los medios desde el apóstol de la democracia, abrazos no balazos, los neoliberales quisieran ir por otro Maximiliano y media docena más.

Cuando alguno de sus dizque periodistas paleros más torpes lo invita a restringir la libertad de expresión que ejercen los opositores criticando sus acciones suele acudir al slogan de París en 1968: prohibido prohibir, un enunciado con el que nadie puede estar en desacuerdo.

Bueno, casi nadie: los legisladores del estado de Oaxaca, en un exceso de zalamería han decidido legislar al vapor la prohibición de que los estanquillos vendan a los menores de edad refrescos azucarados y gasificados, lo que el doctor López-Gatell bautizó como veneno embotellado y frituras de los que se llaman alimentos chatarra que implican alto contenido en grasas.

El subterfugio es totalmente hipócrita. Los adultos vamos a comprar a los menores lo que ellos deseen y se los vamos a dar por debajo de la mesa. La prohibición no es más que un gesto barbero de los oaxaqueños que puede ser seguido pronto por otros congresos locales. Ninguna de esas zafiedades tendrá efecto alguno sobre la obesidad o la hipertensión, condiciones que nos hacen más proclives a contraer el Covid 19.

Mi hija menor no ha probado en todos sus 18 años de vida una sola Coca Cola. La mayor tampoco. No se trata de que sus padres les hayan prohibido en algún momento el consumo de ese refresco o de las papitas fritas que ocasionalmente sí comen. Si rechazan tomar tales brebajes ha sido por decisión propia desde que eran pequeñas, dando preferencia al agua del grifo sin saborizante alguno, y por el patrón de conducta que observaron e imitaron en su casa. Si nosotros les hubiéramos prohibido cualquier consumo alimentario ellas estaban -como están- en plena disposición de ejercer su libre y muy respetable albedrío.

El concepto parisino al que se refiere el presidente López, el de prohibido prohibir, no es más que una manifestación del respeto que los adultos debemos a los menores a la madurez que debemos fomentar para que mediten lo que quieren y lo que buscan y apoyarles en ese afán. El paternalismo que ahora ponen práctica los oaxaqueños es una mala interpretación de la convicción de que los menores son unos pendejos que tienen que ser amarrados para que no salgan al mundo a hacer su vida.

Prohibido prohibir, tiene razón López Obrador. Que le hagan caso sus borregos.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, la doble medida es una forma de la injusticia. A Rosario Robles se le mantiene con juicio pendiente en el bote; a Emilio Lozoya, delincuente de cuello blanco que incurrió en similares faltas que la señora Robles, se le da trato nobiliario de prisión domiciliaria sin que halla pisado cárcel mexicana ni un minuto.

‎felixcortescama@gmail.com

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