Por Eloy Garza González

Henry Marsh, británico de 70 años, es uno de los más grandes neurocirujanos del mundo. Su elevada reputación no consiste en haber descubierto una nueva sustancia cerebral, o una función desconocida del cerebro humano.

El prestigio de este hombre simpático y sonriente es de índole artesanal: sabe hacer maravillas con sus dedos y sus manos. Esa labor de filigrana que representa tomar un bisturí y extraer un tumor alojado en la base del cráneo, es un prodigio reservado para muy pocos cirujanos del mundo (en México tenemos varios muy buenos).

Los casos que más han calado en el alma de Mister Henry, quien además es aficionado a la carpintería y a la apicultura, los ha narrado con una prosa directa y sin adornos en dos libros tan entretenidos como aleccionadores: “Ante todo no hacer daño” (2014) y “Confesiones” (2017). Yo me los leí de una sentada y ahora vivo con más valentía para enfrentar cualquier achaque de la edad o de la suerte.

La máxima que usa Marsh como título de sus memorias (aún en proceso de redacción porque falta que publique la tercera parte) ilumina el carácter que debe tener todo cirujano digno de tal nombre. No hay magia en la medicina. Son más las predicciones que se cumplen, que aquellas que se salen de lo esperado. En otras palabras, el diagnóstico es decisivo.

Tampoco hay cirujanos con dones sobrenaturales. En la profesión no existen los sanadores místicos (cuidado con toparse a alguno). Incluso los mejores cirujanos del mundo han dejado en el camino muchos pacientes lisiados o en un estado peor al que tenían antes de entrar al quirófano.

El propio Marsh calcula que de sus 16 mil intervenciones quirúrgicas, a lo largo de más de 40 años de experiencia médica, una tercera parte culminaron en fracasos rotundos. O sea, acabó sin querer con la calidad de vida de sus pacientes. Lo confiesa con profunda vergüenza y sincero dolor.

Marsh es un hombre sensato: sabe que tras exponerse a una tensión de muchas horas en un quirófano, el cansancio invade al médico, o le reduce sus reflejos, o lo vuelve más falible. Por eso Marsh agrega a sus memorias una dosis de sabiduría simple: la verdadera experiencia de un médico no consiste en hacer buenas operaciones, sino en decidir hacerlas o mejor dejar morir al paciente en paz.

Ese dilema existencial ha torturado a Marsh casi toda su vida. Así demuestra su humanismo. Es un sabio pragmático y sutil. Un santo con guantes y bata médica.

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