Por Félix Cortés Camarillo

De los cien premios de veinte millones de pesos cada uno en la rifa-no rifa del avión-no avión presidencial-no presidencial, el jueves pasado, 24 cachitos ganadores correspondieron a boletos que no se vendieron. Se entregará, dicen, el monto de esos premios al Insabi. El resto de los billetes que vio con buenos ojos la diosa Fortuna que rige los destinos de los hombres son hospitales y escuelas, que nunca sacaron sus escuálidas billeteras para comprar de a quinientos pesos los cachitos de la lotería super difundida.

Aparentemente todos los ganadores fueron seleccionados por el dedo mayor del Estado mexicano, que solamente buscaba la promoción mediática que esta millonaria tómbola en una demagógica repartición de dinero imaginario que supuestamente acabará aportando mayores recursos al sistema de salud pública. Yo no conozco ni se ha dado a conocer la identidad de ciudadanos ingenuos y lúdicos que como yo compraron un billetito de 500 pesos con la esperanza de obtener una dotación importante para saldar las deudas que este año se han acumulado.

Del total de boletos “vendidos” difícilmente se cubrirá el monto de los premios “ganados”. Cualquier contador, vamos, cualquier persona, puede fácilmente deducir que la “rifa” del famosísimo avión no rindió lo necesario para pagar los premios prometidos, los gastos operativos y las comisiones para los billeteros. Todo ha sido, sin duda alguna, un gran fraude mediático del presidente López. Fue simplemente sacar bilimbiques de un bolsillo del pantalón nacional para meterlos a otro. El sistema de juegos y sorteos de la lotería nacional ha sido siempre un buen negocio; se sabe, se dice, se rumora y se comenta, que las ganancias de la lotería nacional han sido tradicionalmente una caja chica del presidente de la república. El presidente Ruiz Cortines, afirman, las definía como el impuesto de los pendejos, porque era el único que los mexicanos pagamos entusiasta y voluntariamente.

Ayer López Obrador presumió que la rifa fue un éxito; agregó que la receta de aceite de ricino nos la va a volver a aplicar, rifando un gran lote de bienes expropiados a delincuentes -casas, autos, yates, ranchos, joyas, aviones- que no se han podido colocar entre la gente que tiene dinero en anteriores subastas para regresar al pueblo lo robado, con el propósito de que el populacho se ilusione con la riqueza regalada. Nos está dando el avión, literalmente.

Ayer, el presidente López nos volvió a dar el avión. Nuevamente volvió a decir que no nos había platicado pero que ya tiene cliente para el aparato, y que cuesta cuatrocientos mil pesos cada vez que toma aire para efectos de mantenimiento. No nos dijo lo que cuesta el avión estacionado, que, como todo mundo sabe, es el costo mayor de un avión: cuando está en tierra. Se le olvidó mencionar lo que costó el estacionamiento, mantenimiento y cambio de aceite mientras el TP01 estuvo en California.

El avión presidencial ha sido considerado por el presidente López una pieza de propaganda política de primer orden. La realidad indica que se le ha revertido, debilitando la credibilidad, la confianza que los mexicanos tenemos -o debemos tener- en nuestro primer mandatario. No poca leña le han agregado la difusión de la pruebas video grabadas de su piadoso hermano Pío recibiendo dinero supuestamente oficial y el nepotismo en otras zonas, casualmente en el sureste nativo de López Obrador.

Y los mexicanos preocupados por el horrible vestido que doña Beatriz Gutiérrez Müller llevó al grito-no grito- del 15 de Septiembre.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, ¿Cuántos niños enfermos de cáncer tienen que morir por falta de medicamentos en Nuevo León, o donde a usted le dé la gana, para que su conciencia despierte?

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