Por Félix Cortés Camarillo

…y sus hijos cristobalitos…

Una increíble combinación de torpes gobiernos federal y municipal en la ciudad de México ha propiciado que una tontería cobarde y producto del mayor complejo de inferioridad imaginable se convierta en política de Estado y decisión histórica.

Al amparo de la madrugada, y con el consentimiento del presidente López, la señora Claudia Scheinbaum mandó retirar, en vísperas del 12 de octubre el conjunto escultórico dedicado a Cristóbal Colón en la glorieta emblemática del mismo nombre en el Paseo de la Reforma.

La justificación del acto no pudo ser más pueril: se trataba de darle mantenimiento a las cinco esculturas, cosa que nunca se había hecho desde que las esculturas, donación de un banquero, llegaron de España. La verdadera razón es el razonamiento, aparentemente contagiado al presidente López por su esposa Beatriz, del rencor acendrado en contra de eventos históricos acontecidos hace cinco siglos, en defensa aludida de los pueblos originarios de nuestro país.

Ya se nos había olvidado las cartas enviadas al rey de España Felipe VI y al papa Bengolio pidiéndoles que la corona y el Vaticano pidieran perdón a los indios mexicanos por los abusos cometidos en su contra por los catequistas y por los soldados de la Conquista. Motivo de orgullo debe ser para los españoles el rechazo rotundo y radical del gobierno español: ciertamente, cuando el rey Felipe vino a México a la toma de posesión del presidente López, en conversación privada, el tema fue abordado por el presidente mexicano; cierta consideración conciliatoria habría surgido en el monarca. Cuando el tema se hizo público por parte del gobierno mexicano, el de España tuvo que fijar su postura.

Diversos editorialistas han señalado que sería equiparable que los españoles le exigieran al gobierno de México por los abusos, incluyendo sacrificios humanos en la plaza mayor, que los aztecas cometieron en la guerra de Conquista. También sería justo que el gobierno del presidente López exigiera que el de los Estados Unidos pidiera perdón por las invasiones de nuestro territorio y la anexión de una buena porción de nuestro territorio, o que le exigiera el gobierno de Francia por la invasión francesa.

Ni España ni el Vaticano van a pedirle perdón a la señora Gutiérrez Müller, ni la estatua de Colón volverá a su sitio en el Paseo de la Reforma. Por lo menos mientras el presidente López esté en el poder. La señora Scheinbaum ha dejado claro que la ausencia de la estatua de su pedestal proporciona una oportunidad para reconsiderar la legitimidad histórica de tenerle ahí. El complejo de inferioridad ha sido propiciado desde la tribuna más alta del país, que es la llamada conferencia de prensa mañanera en Palacio Nacional. Cabe esperar que una vez que pase este período abominable los ánimos mexicanos retomen un cauce racional, mesurado, de conciliación. Precisamente conceptos con los que el presidente López está reñido.

Al igual que Hernán Cortés, Cristóbal Colón y sus actos constituyen factores fundamentales de nuestro mestizaje, de nuestra nacionalidad, de nuestra personalidad histórica y cultural.

Lo demás son paparruchadas.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, ¿cuánto apuesta a que el penacho de Moctezuma se queda en el museo de Viena donde se exhibe?

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