Por Félix Cortés Camarillo

La experiencia del miércoles pasado en la Ciudad de México debe ser una advertencia seria a las autoridades municipales y federales para dentro de un mes.

En la esquina de Hidalgo y Paseo de la Reforma se erige uno de los templos más antiguos, sin duda de la capital del país. Es el templo de San Hipólito y cuenta la leyenda que se erige en el lugar en el que en su huida de los aztecas enfurecidos el conquistador Pedro de Alvarado, cargado del oro del botín e imposibilitado de cruzar el canal que por ahí fluía, tomó alguna larga vara y se aventó un salto con garrocha que todavía no existía como deporte.

Sabrá Dios.

Lo que Dios bien sabe es que su San Judas Tadeo, intercesor ante El de las causas difíciles, tiene -por razones que ignoro- su residencia terrenal precisamente en el templo de San Hipólito. Lo que también sabe es que en el ranking de popularidad de los santos católicos, San Judas Tadeo es primera división con Francisco el de Asís, Antonio el de Padua, Nicolás el de Bari, Filomena, desde luego José y un par de otros que se me escapan. También sabe el Señor que en México la grey seguidora de Judas Tadeo es muy grande y que el 28 de octubre es su principal celebración.

Miles de fieles suelen acudir cada 28 de octubre a la iglesia de San Hipólito a pedir, agradecer o reclamar la atención de San Judas Tadeo. En torno a la iglesia s establece un mercado de todo lo imaginable

Este miércoles reciente las autoridades religiosas anunciaron que el festejo de Judas Tadeo sería virtual, para evitar las aglomeraciones que son de todos tan temidas, esperando que los fieles se quedaran en su casa. Las verjas del templo fueron cerradas con cadenas y candados.

No obstante, los fieles llegaron por miles y los señores del templo tuvieron que abrir sus puertas a la turba. No pasó mayor cosa; bueno, de lo que pasó nos enteraremos en estos días, cuando se manifiesta la incubación del coronavirus.

Digamos que lo del miércoles fue un ensayo general de lo que va a pasar dentro de un mes. El culto de San Judas Tadeo es enorme; comparado con el de la virgen de Guadalupe, el doce de diciembre, no es nada. Si a San Hipólito acuden decenas de miles, a la basílica de Guadalupe llegan, entre el once y el doce de diciembre, seis o siete millones de guadalupanos. De todos los rincones del país comenzarán a organizarse ya esta semana las peregrinaciones que van a exigir a las autoridades de la iglesia, a las de la ciudad, a las de la Nación, al mismo Papa, que les dejen entrar a ver a la morenita.

La prueba para todas las autoridades enumeradas es insalvable y a la autoridad civil las pone en un predicamento mayor. Contener a esa multitud es imposible, incluso si se acudiera a la fuerza. La fe no conoce fronteras. La fe guadalupana menos. En esta circunstancia de confinamiento, miseria, muerte, contagio, los mexicanos solamente tienen un rostro a cual voltear a ver: el de Guadalupe.

Ya veremos cómo salen de este berenjenal; no saldrán bien, hagan lo que hagan. Si yo fuera esas autoridades, me encomendaría a San Judas Tadeo.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, ¿ahora resulta que después de 18 meses de censurar a la entrega de los neoliberales a los intereses de los monopolios extranjeros usted firma un decreto que les abre la puerta grande a los laboratorios fuereños para que entren sin tocar la baranda de la COFEPRIS, que ahora debe desaparecer?

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