Por Eloy Garza González

Como estaba previsto, la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (Conasami), votó ayer a favor de aumentar el salario mínimo general y el de la frontera norte. Y esto me lleva a formular las siguientes reflexiones para someterlas al debate público (aunque como siempre, mis críticos en vez de debatir, van a insultarme; cosa que ya empieza a divertirme).

Por sí mismo, la figura del salario mínimo no mejora las condiciones económicas del trabajador. Ni aquí ni en China. Al contrario: en el actual mercado laboral, y sobre todo, después de esta terrible pandemia, lo perjudica antes que ayudarlo. De hecho, su incremento por decreto es uno de los peores errores que pudiera cometer cualquier gobierno. Aparenta ser un logro laboral y en el fondo afecta gravemente los ingresos del trabajador. ¿Por qué?

Pongo como ejemplo un negocio del sector terciario: los restaurantes. Por más avaricioso que se viera el dueño de un restaurante, por más intentos que maquinara para pagarle lo menos posible a sus meseros, cocineros y barman, no podrá hacerlo. El motivo es simple: le renunciarían todos sus empleados para irse a trabajar en otro restaurante donde les pagaran más o les ofrecieran mejores prestaciones laborales.

Entre negocios del mismo giro, en México como en cualquier otro país de libre mercado, hay una rebatinga paranoide de capital humano: tanto de mano de obra como de personal calificado. Todos intentan conseguir a los empleados más diestros, más fregones, y todos, por tanto, están en el pirateo laboral. Quién diga que no es cierto lo que digo, es porque nunca ha tenido un changarro. Si tu empresa no trata bien a sus empleados, si no los tiene satisfechos, se marcharán con la competencia sin remordimiento alguno. Así de sencillo. No hay vuelta de hoja. Es el fichaje laboral.

Pero los burócratas de alto nivel (como siempre pasa con quienes nunca han invertido ni siquiera en una fonda de comida corrida), ya se entrometieron imponiendo a todos los patrones un incremento del salario mínimo. Eso mete al trabajador en un mismo rasero salarial, no en un espacio ventajoso para pedir mejores sueldos. Déjenme explicarlo mejor.

El salario mínimo no es un mínimo (como debería serlo) sino un techo o una media para que todos los negocios del giro le paguen más o menos parejo a ese tipo de empleado, sin salirse del rango. O sea, le facilita las cosas al dueño del negocio, no al pobre trabajador que lleva como siempre las de perder.

Si en cambio, el gobierno se propusiera liberar el salario, si se eliminaran los mínimos, la misma oferta y demanda encarecería el servicio que prestan los empleados a los patrones y veríamos una espiral ascendente de sus retribuciones, con tal de ganarles la mano de obra a la competencia.

Pero tal parece que las regulaciones estatales, más que mecanismos de ayuda laboral seguirán siendo sogas legales que estrangularán aún más al trabajador. Los burócratas alegan que así contribuirán con la justicia social cuando en realidad mantienen la desigualdad que se vive en México, desde que el Barón de Humboldt dijo en el siglo XIX su frase célebre de que México era el país de la desigualdad. Todavía podemos revolucionar el mercado laboral en este país. Si se deciden los burócratas a usar el pensamiento lateral.