Por Carlos Chavarría

Lo que empezó con la sana intención de emparejar el piso para todas las corrientes de pensamiento convertidas en partidos políticos, ahora no es sino una cadena de incentivos perversos energizada por la enormidad de recursos que se autoasignan los grupos de control de los institutos políticos.

Ya no importan las ideologías sino acumular más votos a costa de la negociación que sea, para mejorar los cocientes del reparto de la gran bolsa de dinero en la que se ha convertido a la contienda electoral.

Todos los partidos mueven sus discursos y ofertas en los mismos terrenos comunes y por lo tanto los factores de diferenciación entre ellos nada tienen que ver con convicciones serias, compromisos ideológicos o programas, y todo su poder es a través de la capacidad para el escándalo y qué tanta inmundicia pueden tirar en los medios de comunicación contra sus adversarios de ocasión, que antes podían haber sido sus más comprometidos aliados. Ahí reside el requisito más importante que ahora se le exige a los candidatos.

Nunca como ahora se había mostrado con tanta desfachatez una de las mas nefastas dimensiones de la política mexicana. Es bien sabido que para entrar en el juego político, entre otras cosas, se requería tener la piel muy dura para aguantar las presiones que se derivan de los conflictos y las críticas que se suceden en la carrera por el poder, pero viendo el caso de Nuevo León, como decía mi abuela : “vergüenza debían tener”.

Esta muy a la vista, que los personajes que se dedican a la cosa pública, han entrado en un proceso de metamorfosis vergonzante al ofrecerse al mejor postor en su afán por agarrar algún hueso que les lancen. Otro grupo de ellos va solo en pos de realizar su egocentrismo, pues nada tienen que aportar en bien de la comunidad.

Hasta los que se  decían decepcionados de los partidos políticos y se asumían   “independientes”, hoy están en gran barata para lo que se ofrezca. El triunfalismo que los invadió cuando ganaron y todas sus promesas no fueron sino un artilugio para llegar y terminar igual que todos: sin resultados para la sociedad.

De un partido hegemónico, cimentado en la ideología de la revolución mexicana y las retadoras carencias del pueblo, que usó la estabilidad como principio de inclusión, pasamos al abandono del sistema de partidos ante la bonanza económica de las organizaciones que graciosamente se otorgaron a sí mismos.

Sin la disciplina de las ideas, el debate deliberativo deja de ser el mecanismo idóneo  para mantener la conducción de los conflictos sociales. Porque pensamos de la misma manera nos unimos en partidos políticos para luchar por las causas que compartimos.

Amparados en un  pragmatismo utilitario de lo más vulgar, seremos testigos de la descomposición destructiva y paulatina del tejido de acuerdos mínimos necesarios para sostener las instituciones y aparatos públicos como las conocemos, sin saber a ciencia cierta en donde terminará el estado de las cosas.

Estamos entrampados pues las leyes exigen pertenecer a un partido político para contender, pero esas organizaciones, cuando son gobierno están sometidas al poder ejecutivo de turno, y cuando no lo son, están al servicio de las cúpulas de siempre, en ambos casos son un mero aparato para explotar las canonjías que por ley les asignaron, privilegiando la exclusión a favor de grupos de control específicos.

Como las franquicias ideológicas partidiarias ya no existen o no tienen valor alguno real, es fácil que cualquier candidato ganador se trasmute a otro partido según el índice de desvergüenza del momento. Así las cosas las campañas no son sino un engaño, pues no existe garantía de consciencia alguna de cumplir lo prometido.

Ejercicio fútil será el de los debates entre candidatos que no tienen fondo ideológico o intelectual  que ofrecer. En nuestra peor época en todo sentido, con los mayores riesgos,  con casi ningún holgura para maniobrar, en una economía desgastada, y una sociedad atemorizada por la pandemia y el futuro, enfrentaremos nuestra realidad con un sistema de gobierno electo a partir de un sistema agotado y cuyo único propósito es asegurar una nueva liana para cada político en la pugna por los millones en juego por y para ellos.

“He llegado a la conclusión de que la política es demasiado seria para dejarla en manos de los políticos” (Charles de Gaulle).