Por Félix Cortés Camarillo

Hace más de cincuenta años visité por primera vez Berlín Oriental. Quería conocer El Muro. Había yo entrado por tren a la República Democrática Alemana, y mientras transcurría el lento procedimiento migratorio en la frontera me impresionó la cerca metálica coronada de alambre de púas para impedir que los alemanes que quisieran otros aires huyeran. De uno y otro lado de la valla, había un interminable corredor de arena tersamente planchada y perfectamente iluminada en la que se quedaban indelebles las huellas de aquellos que lograran brincar la cerca para encontrar las balas de los soldados de élite asignados a las fronteras.

Eso fue nada frente al simbolismo de la opresión que luego me proyectó el muro de Berlín, igualmente vigilado, iluminado y expresivo del miedo que el gobierno del Este tenía de sus propios ciudadanos, a los que necesitaba conservar cautivos: ¿quién, si no, iba a apagar la luz? Por cierto, le llamaban el muro de la paz, porque impedía que los malvados de Occidente entraran al Paraíso.

Fue unos veinte años después, exactamente el 21 de julio de 1990, que tuve la fortuna de disfrutar con mi familia de entonces el concierto de la banda Pink Floyd ejecutando The Wall, precisamente en el muro derribado siete meses antes y que yo había conocido entero; gran concierto, histórico evento.

Por esos entonces, yo ya había caminado un tramo de la madre de todos los muros, la Gran Muralla China. Esa caminata no me ayudó mucho a descifrar el mágico lenguaje de Franz Kafka en la mejor de sus narraciones, cuya versión final fue quemada por el propio autor. Pero la suma de todas esas experiencias me enseñó la función absurda de las barreras. Por ejemplo, del cerco metálico que el presidente López le puso a su casa ayer o de la fallida contención que Trump le quiso poner a nuestros migrantes.

Un muro es siempre expresión del miedo irracional de quien se siente débil. Expresión totalmente ineficaz. Ni la Gran Muralla China contuvo las esperadas invasiones de las hordas mogolas, ni el muro de Berlín impidió, primero, las fugas de jóvenes que arriesgaron su vida para pasar al llamado mundo libre, ni después convertirse en el símbolo de la caída de la Europa comunista. De la misma manera, los asesores del presidente López demostraron con la colocación de sus planchas su miedo incontenible.

El muro de López Obrador se convirtió en un efímero y enorme mural trágico: fue tapizado con los nombres de algunas de las mujeres que diariamente -a tasa de diez al día- pierden la vida en México sin que nadie que tiene que hacer algo, haga algo. El muro mismo, y la fachada del Palacio en el que vive el presidente López, se convirtieron por la noche en pantalla monumental de deseos que, me temo, quedarán en queja sin solución: “México feminicida” o “un violador no será gobernador”.

Lo importante no es que las demandas no se cumplan, sino que sean conocidas; especialmente cuando en la autoridad solamente encuentran oídos no sólo sordos sino de rechazo indignante por lo descalificador. Nuestras mujeres, señor presidente, no son ningunas pendejas para que sus movimientos de reclamo social sean vehículo de otros “adversarios” suyos que se aprovechan de la oportunidad.

PREGUNTA para la mañanera, porque no me dejan entrar sin tapabocas: señor presidente, con todo respeto: ¿por qué no le hace caso a su Secretaria de Gobernación y hace un abono a las deudas que su gobierno tiene con las mujeres?

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