Por Félix Cortés Camarillo.

El sonido dice más o menos así: “ya llegó a México, ya está aquí… la vacuna contra el Covid… directamente desde Moscú… Diez pesitos le cuesta, diez pesitos le vale”. Es una voz sobrepuesta a la imagen de un vendedor metroambulante real de la Ciudad de México, que ofrece dos vacunas por el precio de 25 pesos en paquete que incluye un cubrebocas. Desde luego, es una broma

Yo ignoro si en otros países existe la figura del meme en las llamadas redes sociales de internet. De lo que no tengo duda es del inmenso ingenio de los mexicanos para responder con agudeza y velocidad increíbles a la realidad social de su entorno para hacer burla de ella. Si ese ingenio los mexicanos lo aplicáramos a cuestiones reales y cotidianas de nuestro país, nuestro país sería muy diferente.

Ayer nos enteramos de que los agentes aduanales en Campeche habían descubierto y capturado, en un avión de matrícula hondureña, más de cinco mil dosis de vacuna Sputnik V, de procedencia rusa, ocultas en dos hieleras pequeñas entre refrescos de soda y hielo. El asunto nos provocó alarma inmediata: si las vacunas para la pandemia solamente pueden ser vendidas a los gobiernos de los países que las aplican y -en el caso de México- su desembarco y guarescimiento está a cargo de las fuerzas armadas de nuestro país, ¿cómo pudieron llegar esas supuestas vacunas a un avión a punto de despegar para San Pedro Sula?

Las autoridades rusas se divorciaron del caso inmediatamente: por la evidencia mostrada, las dichas vacunas eran falsas, con etiquetado que mostraba faltas ortográficas en el alfabeto cirílico. El caso en sí, anotaron colateralmente, podría estar asociado a un intento de desinformación en perjuicio de la efectividad de la vacuna rusa.

Tal vez no andan tan errados los rusos. Más de una docena de gobiernos de países europeos han suspendido la aplicación de la vacuna Astra-Zeneca ante las denuncias de casos de muertes por trombosis que se registraron en el continente en personas mayores que habían recibido la tal vacuna. Dos precisiones necesarias: los fallecidos por Covid 19 generalmente mueren por obstrucción de sus vasos sanguíneos por coágulos; la vacuna Astra-Zeneca es la que desarrollaron la Universidad de Oxford y la firma británico sueca Astra-Zeneca. Es la misma que bajo el patrocinio de la fundación Carlos Slim se produce y/o envasa entre Argentina y México.

Todo esto viene al caso porque el asunto de las vacunas contra el Covid 19 se ha convertido en un tema de política económica internacional. Después de todo, estamos frente a un mercado real y potencial de millones de seres humanos en el mundo, a una cuota que oscila entre los diez y los veinte dólares por persona.

El mercado, en esta sociedad capitalista que predomina en el mundo, es sumamente cruel, y las tácticas de las guerras mercantiles son implacables. Desacreditar al producto de la competencia es una práctica que existe, en mi recuerdo, desde las cocacolas que hace setenta años traían dentro de su botella una cucaracha, puesta por los de la otra marca.

Por cierto, ayer se anunció con bombo y platillo que los Estados Unidos van a entregar cuatro millones de vacunas de sus sobras, a México y Canadá en calidad de “préstamo”. Dos millones y medio a México, uno y medio a los canadienses. ¿De qué marca? Sí, claro, Astra-Zeneca.

PREGUNTA para la mañanera, porque no me dejan entrar sin tapabocas: señor presidente, con todo respeto: ¿puede usted revelar en detalle el monto de las prestaciones de jubilación de Carlos Romero Deschamps en Pemex? o acaso ¿eso es una cuestión sindical en la que usted no se mete?

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