Por Carlos Chavarría.

“If you tell the truth, you don’t have to remember anything.”

Mark Twain

Fernández de Cevallos ya revivió uno de sus lemas de campaña cuando fue candidato: “Por un México sin mentiras”. No es extraño que un político invoque la honestidad y la verdad como lo único que guía sus palabras y acciones, lo extraño es que lo cumpla, sobre todo una persona que no es ningún dechado de virtudes.

Por casi todo el Siglo XX, el mundo entero, pero en especial nuestro país fue manejado por la mentira, la falsedad y el ocultamiento, todo ello escudándose en el cuidado debido por hacer lo menos malo. Sí, los políticos siempre han creído que la verdad hace más daño que la mentira.

Llegó a ser tanto el aprendizaje que recibimos por el engaño que en las épocas de López Portillo y Luis Echeverría sabíamos que si el presidente pontificaba y se pronunciaba sobre algún tema, la verdad es que sería todo lo contrario y se actuaba en consecuencia.

Trump fue, como presidente de los EEUU, un obsesionado con las mentiras que salían de su boca. No importaba que después esas mismas mentiras lo persiguieran a lo largo de su período. La verdad, le faltaba ingenio y le sobraba soberbia.

Erasmo de Rotterdam decía que “gran parte del arte del buen hablar reside en mentir con gracia”. Nixon era un gran orador, se permitía grandes lujos cuando de mentir se trataba, claro que al final le costó la presidencia y el descrédito.

Gran distancia existió entre sus primeros discursos: “Prometemos decir siempre la verdad, ver las cosas tal y como son y enunciarlas tal y como son; encontrar la verdad, decir la verdad y vivir con la verdad”. Y el último, cuando cerró la puerta de su historia: “No tendrán a Nixon para maltratarlo más, porque, señores, esta es mi última conferencia de prensa”.

México no escapa del mismo fenómeno. Todos los días, sin haber necesidad, nuestro presidente se ve obligado, por causa de lo que sea, a moverse en el pantanoso terreno de las medias verdades o las más descaradas mentiras, algunas que usó como sus impulsores insignia para su campaña electoral, como fueron las mentiras relativas al precios de la energía. De hecho, uno de sus principios discursivos fue el no mentir y sin embargo miente con demasiada frecuencia.

Son tantos los exabruptos en los que cae el presidente por sostener “su verdad” que termina por contradecir sus dichos y desear hasta romper con estatutos jurídicos tan simples e irrebatibles como el atacar a jueces y litigantes por defender a quiénes aún no han sido oídos y vencidos en juicio, pero el presidente ya los condenó y quiere ejecutar sus sentencias. Pero según él no es autoritario, aunque su discurso sin duda si lo es.

Si asumimos que el presidente López Obrador sólo actúa en consecuencia de “sus datos”, entonces estamos frente algo peor, una organización podrida, esto es, un equipo de colaboradores que lo manipulan con mentiras y le calientan la cabeza  al jefe, como son los casos de salud, energía, y hacienda.

Por ejemplo, para que poco a poco regrese alguna normalidad, el Secretario de Salud estimó que se requiere vacunar a 80 millones de personas, y esto ocurrirá antes de finalizar el mes de mayo. Si ocurre el recibo de vacunas de todo tipo como está planeado es imposible lograr esa meta.

Al presidente tampoco le han dicho que ante la “austeridad” aplicada por el gobierno central, PEMEX, CFE, y los gobiernos estatales y municipales están cometiendo arbitrariedades sin fin para sacarle dinero a la gente a través de aumentos de tarifas y la conocida maniobra de cargos fantasma.

Los invito a revisar sus recibos de electricidad, agua, drenaje, basura, y todas las demás contribuciones posibles actuales y de 3 años hacia atrás para que se percaten del muy claro abuso en nombre de la gran mentira de la austeridad republicana. Peligroso, además, en un año de Hidalgo como este, que así será en muchos estados de la república.

Fiel seguidor de los consejos de Maquiavelo, el político avezado que nos gobierna trabaja sus propias máximas que construyó con toda paciencia al mentir siempre “que no haga daño” y pueda sacar ventaja de ello, pues al fin todo el mundo lo hace.

El daño producido por la mentira se sitúa en el nivel más general de la confianza y la cooperación social: “la confianza es un bien social que debe protegerse del mismo modo que el aire que respiramos o el agua que bebemos”. (Bok, S., 1978).