Por Eloy Garza González.

Yo me la paso en confinamiento permanente. Soy feliz así. Vivo en una casa grande y vieja donde había una fuente ruinosa con una hamaca para tumbarme a leer. Un buen día mandé derrumbar a mazazos la fuente para construir mejor una biblioteca de tres niveles. Ni así me alcanzaron los estantes para tanto libro. Los volúmenes se me multiplican como ramas y hojas de un árbol inmenso. En esa espesura abigarrada mal-vivo yo, orgulloso de cada libro que no publicaré y de cada libro que sí leeré tarde o temprano.

En los bebederos que adornan el exterior de mi biblioteca, en un pasillo largo y estrecho, atracan de tarde en tarde las golondrinas, los tordos, los jilgueros y una parvadilla de murciélagos chillones que sombrean fugaces los muros de adobe. Van de aquí para allá perseguidos por Mito, mi xoloitzcuintle bermejo, cazador frustrado de estas mariposas de la noche. Mito, como el Quijote, como yo, como todos, se inventa pasiones sólo para ejercitarse.

Hay que ganarse la vida y mis reclusiones monásticas no dan para tanto; salgo casi contra mi voluntad misántropa, a cerciorarme si los edificios y las avenidas, las torres de alta tensión, siguen intactos, en su sitio. Televisión, “Charla con Eloy Garza”, artículos de prensa, conferencias por zoom, cobro de algunas rentas. Está bien. No me quejo. A vuelta de rueda por Avenida Lázaro Cárdenas. Más de 250 mil vehículos circulando por ahí todo el santo día. Uno de ellos es el mío. El aire invadido por las tétricas cenizas de la Sierra de Santiago. Insoportable impotencia.

La cantidad estorba al ser humano (cuyo mísero privilegio consiste en crearla), lo humilla, lo brutaliza, lo ahoga. Las vialidades: Gonzalitos, Constitución, Leones, inacabables estacionamientos a horas pico, donde se suspenden las ganas de vivir. Y uno pensando: ¿por qué? ¿Hay un accidente allá adelante? ¿Un trailer descompuesto? ¿Las escuelas? ¿Cuáles escuelas si no hay clases presenciales? Y nada. Es sólo la cantidad que paraliza a los regiomontanos; la cantidad que convierte a cada persona en un número para la estadística, o para las campañas electoreras. Gente. Gente. Neurosis del asfalto. Smog. Cóleras. Pedreras. Tráfico. Soy Buda frente al volante. Soy un rencor vivo.

Mi casa es una madriguera. Ahí me escondo del mundanal ruido. He alzado una palapa con una mecedora de mimbre y un catre: es mi capilla para la expiación. Pocos vienen aquí. Y de súbito, algo como un aperlado ser majestuoso, volando grácil entre los ramazones. Mito, mi xoloitzcuintle, le ladra y mira igual que yo a ese pájaro con cara aperlada de Salma Hayek, cara y pecho de Salma Hayek, plumaje y alas verdosas. Me mira el ser milagroso desde la orilla del cantil. Muchas ramas quedan meciéndose, se cimbran con el batir de alas del pájaro-Salma que emite risotadas abruptas y se eleva, se borra en el cielo, se pierde en el estrépito vegetal. Mito, para variar, no puede agarrarla, ni morderla, ni tocarla. Queda mi xoloitzcuintle impávido. Así es Mito. Igual que su dueño. Es por demás.