Por Félix Cortés Camarillo.

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Del presidente López se pueden decir, y se han dicho, muchas cosas muy cercanas a la verdad. Desde Peje Lagarto, Mesías Tropical, Retropopulista o Esperanza de México. No se le puede llamar, hasta el día de hoy, mentiroso o inconsecuente.

Hay estudiosos que afirman tener documentados miles de mentiras flagrantes de Andrés Manuel en los catecismos de su nueva palabra, por las mañanas. Yo no puedo suscribir esos números, pero estoy totalmente cierto de que cada vez que el presidente López hace revelaciones inciertas de hechos a su favor o en contra, lo hace con vaguedades o medias verdades, que a fin de cuentas son medias mentiras.

Que nadie se llame a engañado. El concepto de “al diablo con las instituciones” no es nuevo; ha acompañado a López Obrador desde que las instituciones le alejaron su cariño y se convirtieron en “el ogro filantrópico” (que, consciente de que él no ha leído a Octavio Paz, cambió a simplemente ogro) y son el eje de su campaña de prolongación de mandato para el 2024, pese a lo que diga.

Aquí no importa la minimalización de los casos de Salgado Macedonio y de Morón, precandidatos a gobernador por Guerrero y Michoacán, diciendo que sus ofensas equivalían a 19 mil y 14 mil pesos no reportados en gastos de precampaña. El monto no es importante. El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación dictaminó por mayoría aplastante el delito de esencia, la desobediencia de la ley.

Pero eso no es el caso del presidente López. Tampoco lo es la resolución en apoyo del INE, que triunfó con su principio que acaba con la sobrerrepresentación en el poder legislativo. López Obrador va mucho más allá. Como retropopulista que es, Luis Echeverría que a sus noventa y nueve años de edad parece reencarnar en el dictador de Macuspana, por añadir un apodo más al presidente López, se ha lanzado en contra de todas las instituciones que esta “incipiente democracia” que reconoció ayer, se ha dado.

En su nostalgia, el presidente López recordó los tiempos en que el único ente autónomo del Estado mexicano -es decir que no dependían de la voluntad presidencial- era el Banco de México. Luego denunció que los emisarios del pasado, por usar una frase que le debe sonar, se pusieron a inventar entidades autónomas para dinamitar la democracia. En su diarrea verbal mencionó al tribunal de marras, al INE, a la Comisión de telecomunicaciones, a la del acceso a la información, y hasta ahí llegó porque le memoria le falla al sexagenario.

En otras palabras, lo que los mexicanos podemos esperar después de las elecciones -y dependiendo de si el presidente López y su pandilla conservan el agandalle del Congreso- es la ofensiva del alacrán cortando caña para que nuevamente las elecciones las organice y decida la secretaría de Gobernación, las Comunicaciones, la liberación de datos y todos los mecanismos de poder democrático se limiten a recibir órdenes de Palacio Nacional. “Como era antes”, para citar al presidente López.

Es un “golpe a la democracia” la decisión del tribunal electoral, afirmó el presidente López.

Él no nos ha engañado: dijo que tomaba el poder para hacer una transformación, una que acabe con todas las instituciones. Tiene razón: lo que está armando desde hace tiempo es un golpe a la democracia que, con sus imperfecciones, lo llevó a donde está.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, ¿De qué le va a pedir hoy perdón a los mayas? ¿De haber puesto a su pariente como candidata a diputada en representación de ellos?