Por Félix Cortés Camarillo.

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La noche del miércoles, para marcar los primeros cien días de su ejercicio como presidente de los Estados Unidos, Joe Biden hizo su primer discurso ante el Congreso de su país. El recinto de los representantes estaba obviamente casi vacío; solamente algunos miembros de su gobierno y un par de diputados o senadores trasnochados estaban en las curules. Estos discursos equivalen a un informe del Ejecutivo ante el Congreso y se llaman allá “discurso sobre el Estado de la Unión”.

Históricamente, el presidente tuvo que saludar, antes de iniciar su discurso, a dos mujeres que presidieron: Nancy Pelossi, speaker of the House, y Camila Harris, vicepresidente del país.

Para abrir boca, Biden recordó su compromiso como presidente, que fue de los primeros en el reciente enero, de vacunar contra la pandemia un millón de norteamericanos diariamente, durante los primeros cien días de su gobierno. A la fecha, se han vacunado allá más de doscientos millones de personas, incluyendo los mexicanos que pueden pagar alrededor de cincuenta mil pesos por cráneo por concepto de boleto de avión, hotel y trámite de vacunación en cualquier Walmart de allá en menos de media hora. Más del doble de lo prometido.

Biden dedicó este importante primer alocución ante el Congreso a un proyecto de volver a encarrilar hacia adelante a su país, con una política inclusiva, que no sólo acepta las aportaciones de los republicanos sino que las solicita.

Para la recuperación económica hay una palabra mágica que yo me sé desde niño: hay que trabajar. En la óptica del presidente Biden, el gobierno lo que tiene que hacer en este sentido es proporcionar a los empresarios, que son los que abren las plazas de trabajo. La segunda vertiente es el apoyo a las familias, comenzando entre otras cosas por otorgar más recursos al apoyo de los escolapios hasta los 17 años.

Luego de poco más de una hora de escuchar al presidente Biden, yo me pregunté ¿de dónde va a salir tal cantidad de dólares para impulsar todos sus proyectos?

El presidente Biden tiene en mente aumentar los impuestos, que en su país es una obligación severamente observada y cuya violación es perseguida con empeño. Si esto progresa, todo causante que gane más de un millón de dólares al año tendrá que pagarle al fisco el 39.9 por ciento de sus ingresos. El número suena alto, pero cuando yo trabajé en Suecia, a nadie le parecía incómodo el descuento de 30 por ciento de impuestos de mi salario: los suecos, y los residentes en su país, recibíamos de regreso una calidad y cantidad de servicios abrumante.

Ese es el problema con el bajo índice de captación fiscal en México: como no vemos de regreso ningún beneficio, preferimos evadir.

Según la cadena televisiva CBS, en sus noticias de ayer por la mañana, el 85 por ciento de los norteamericanos aprobaron el discurso de su presidente. Al ver esta cifra me percaté que Biden tiene cien días en el poder; me parece que Andrés Manuel tiene más y no le he escuchado hablar de algún logro concreto ni nada más allá de su denuncia de que todos los males de este mundo son culpa de los neoliberales regímenes anteriores. De la vacuna contra la pandemia mejor ni hablamos.

Tal vez es cuestión de tiempo. ¿Qué son cien días frente a casi tres años? Seguramente vamos a tener que darle al presidente López unos años más.

A mí me parece que en eso anda.

PREGUNTA para la mañanera porque no me dejan entrar sin tapabocas: con todo respeto, Señor Presidente, gracias por andar restaurando e inventando estadios de base ball, son muy importantes. Sin embargo, ¿no podría dedicar un poquito de los millones de que puede disponer a rescatar dos edificios importantísimos para la cultura popular mexicana? Me refiero al Salón México, que está sobre Tlalpan, muy cerca de la casa de alguien que quiero mucho y a quien usted se refiere como Monsi, y usted lo asume como su intelectual orgánico, y el Salón Los Ángeles, allá por Tlatelolco. Son dos templos de la cultura popular mexicana.