Por Carlos Chavarría.

“El poder absoluto convierte las profecías en realidad, pero también

hace aparecer a las mentiras pronunciadas como si fueran verdad.”

Erick Hoffer

Lo peor que puede hacer un gobierno es meter a la sociedad en el activismo político, pero sin saber en qué rumbo, porque las tensiones polarizantes dentro del sistema-nación van a impedir cualquier cambio estructural que se demande.

El poder público aleja a los políticos de la sociedad a la que sirven, así es su naturaleza, pero el poder sin contrapesos y equilibrios que obliguen a deliberar y debatir, deja a la sociedad inerme frente a la circunstancia caprichosa de los que lo detentan.

Ni siquiera hemos logrado concluir el tránsito a la democracia plena y ahora pretender abortar los débiles intentos por un mayor control del gobierno desde la sociedad, es inyectar más inestabilidad al ya de por si anquilosado aparato de gobierno mexicano.

Quiénes nacimos a la vida adulta y responsable a finales de los 60´s y principios de los 70´s, ya atestiguamos y sufrimos las consecuencias de las vulnerabilidades creadas por un gobierno que sabe identificar los problemas, pero no acierta a definir y trabajar en la dirección de su solución.

Volver a la exagerada concentración del poder en el ejecutivo y tratar de revivir el agotado modelo del desarrollo estabilizador y el activismo económico del gobierno es entrar de nuevo en las condiciones que dieron origen a las crisis causadas por Echeverría y López Portillo, en su necedad de querer mejorar la distribución del ingreso sin los cambios estructurales necesarios para empujar el crecimiento y pretender que el único motor sea el déficit público.

Esas administraciones ocasionaron no sólo el retroceso en lo económico, sino que provocaron la ruptura del aparato partido-presidente bajo una desordenada reforma política construida a regañadientes desde el estado para evitar la ruptura de toda alianza con la sociedad y darles espacio a los grupos de interés nacionales.

El debilitamiento del partido de estado forzado por sus mismos elementos dejo inutilizado al presidencialismo como aglutinante de las fuerzas sociales y profundizo el autoritarismo. Si había algunas reglas no escritas para conducir el conflicto y la promover la participación política a través del partido hegemónico simplemente se rompieron sin crear instrumentos sustitutos para debatir en paz los diferendos.

Hoy no existe siquiera el recurso petrolero como posible soporte el apalancamiento económico desde el estado. Persiste el problema de la profunda desigualdad en el ingreso, el mercado doméstico está seriamente afectado y deprimido desde la crisis del 2007 y ahora agudizado por la recesión pandémica, y si no se ha perdido la estabilidad es gracias a las contadas reformas que impulsaron al sector exportador y a las remesas de mexicanos desde el exterior, que, aunque débiles, son el pilar más importante de la actividad económica.

De nuevo como en los 70´s un presidente entra en conflictos con todos los sectores sociales y grupos de interés político, sin definir hacia y hasta dónde quiere llevar el ejercicio el poder presidencial absoluto que pretende obtener en los próximos comicios federales ahondando la incertidumbre y pérdida de la confianza tan necesaria para incentivar la inversión y en consecuencia el empleo y bienestar general.

En descargo parcial de Echeverría puede apuntarse que en aquella época todo el sistema financiero y desarrollo económico mundial estaba apuntalado en el proteccionismo de los países y era bastante común aplicar las recetas keynesianas para lograr crecer, pero ahora es muy diferente el entorno y momentum de las políticas para el desarrollo que se practican de forma estándar para alejar el espectro de las crisis.

Pero ahora la única explicación para insistir en provocar el debilitamiento de los pocos contrapesos que existen y que operan, como la corte suprema y los organismos autónomos, se encuentra en el protagonismo y ánimo revanchista de una clase de políticos auto exiliados del mismo partido hegemónico del pasado, que detuvieron la evolución de su pensamiento y están entrampados en tesis económicas y políticas que no son la solución de los problemas que padecemos y que muy al contrario pondrán a México a contracorriente  del estadio de desarrollo y circunstancias en el que estamos insertos.

Así las cosas, si la sociedad le otorgase el 6 de Junio todo el poder que demanda el presidente, una vez saldadas las cuentas políticas  con los etiquetados como opositores desde lo más alto del poder, y, reorganizado el aparato de gobierno para apropiarse de toda la renta y excedentes nacionales; más allá de los lugares discursivos comunes que tanto gustan en la diatriba gubernamental; nadie sabe cuál será la fórmula y praxis, que al aplicarse, nos catapultará al tan prometido desarrollo sin que se vean coartadas la libertad de disentir y la paz nacionales. ¿Valdrá la pena jugarse tal riesgo?