Por Félix Cortés Camarillo.

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“Que el jurado emita su sentencia”,

dijo el Rey, acaso por vigésima vez en el día.

“No, no”, dijo la Reina.

“Primero la sentencia y el veredicto después”.

Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas

Más de una vez se ha insistido aquí que este oficio, el más bello del mundo, jamás debe caer en la tentación de erigirse en pitonisa, pronosticando los hechos que han de venir, en vez de concretarse a describir lo más cercano a verdad los hechos que ocurren, y evaluarlos de la manera más cercana a lo honesto, con una opinión. A veces, no obstante, el peso de las probadas evidencias se impone.

Tal vez yo no pueda predecir el resultado de las elecciones que el seis de junio han de tener lugar en nuestro país; al menos con la rotundez con lo que lo hacen los encuestadores de uno y otro lado. De lo que no tengo duda es de que en lo más profundo de sus convicciones el presidente López espera que sus candidatos obtengan un amplio triunfo, si no en la mayoría de las gubernaturas estatales que se disputarán, sí en el equilibrio de poder en el Congreso.

Si eso sucede, López Obrador no nos ha dejado duda cual ninguna del destino que habrá de enfrentar un par de instituciones autónomas del poder ejecutivo. Notablemente, el Instituto Nacional Electoral, el Instituto de Acceso a la Información y la Comisión Federal de Telecomunicaciones, por lo menos, se encuentran en peligro.

Si el partido del presidente consigue la mayoría absoluta en el Congreso, el presidente -ya lo anunció- someterá modificaciones a la Constitución y a cuantas leyes sea necesario para modificar sustancialmente la esencia, funciones y estructura de esos organismos, magra cosecha del largo camino que los mexicanos hemos avanzado en los últimos treinta años procurando cierta variable de la democracia. Si tiene la oportunidad, el presidente tratará de desaparecerlos. Si la Constitución no sirve a sus fines, al carajo con la Constitución, por recordar alguna de sus recientes expresiones.

En eso reside el peso específico de las elecciones del mes que viene: en ellas debe decidirse si los mexicanos otorgan al presidente López los poderes omnímodos que ni siquiera el priista más autoritario -Díaz Ordaz- se atrevió a ejercer, o envían por medio del voto, el mensaje en pro de la democracia, que significa equilibro de los poderes e imposibilidad de concentrar el poder en una sola persona.

Andrés Manuel López Obrador, encartado en la reina de corazones de la obra de Lewis Carroll ya emitió la sentencia, cuando aún no se ha dado el veredicto: que les corten las cabezas. Que se reduzcan los emolumentos de sus integrantes, que se les ponga en la calle, y si es posible -echando mano de la Unidad de Intimidación Financiera del señor Nieto, que los metan a la cárcel.

CANTALETA (HASTA EL 6 DE JUNIO): Dice Catón: “un voto por Morena es un voto contra México”. ¿Se acuerdan ustedes del accidente en el paso exprés de Cuernavaca en que un auto cayó a un socavón y murieron dos personas? Andrés Manuel exigió entonces la renuncia de todos los responsables, comenzando por el secretario de Comunicaciones y Transportes de Peña Nieto, Gerardo Ruiz Esparza, quien nunca renunció. Pues algo parecido está pasando con los responsables de 26 muertos en la línea dorada del Metro capitalino.