Por Félix Cortés Camarillo.

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Fue un colega, compañero de las viejas páginas sepia de la revista Siempre!; me parece que fue el guatemalteco Mario Monteforte Toledo, el que me enseñó la sabiduría de un viejo proverbio portugués: casa donde no hay pan, todos discuten y nadie tiene razón.

Recuerdo la frase con harta frecuencia, y siempre cada vez que hay elecciones en México. No hay pan para todos, pero todos lo alegan. El fenómeno se repite, aunque no sea de patente exclusiva de los políticos mexicanos: invariablemente son muy pocos los que se someten al dictamen implacable de la realidad y reconocen con dignidad haber perdido. Los otros comienzan por cantar victorias anticipadas y reclamar fallos posteriores que asumen injustos o por lo menos sesgados.

Esta semana he leído reportes encontrados sobre los comicios del domingo pasado: Morena no ganó pero tampoco perdió: su dirigente tendrá que acudir al sucio negocio del comercio de lealtades en el Congreso para conseguir la mayoría calificada que le abrirá las puertas a las reformas constitucionales sin chistar -sin quitar ni una coma, es la instrucción presidencial- a las modificaciones que se le ocurran al presidente López para conseguir sus objetivos de poder político: desaparecer la autonomía del INE y del Banco de México, para empezar.

Con un gran cinismo, el presidente López dijo que, adquiriendo por cualquier medio un par de votos de diputados del PRI, puede conseguir su mayoría aplastante, quitándole al verde ecologista el privilegio de ser meretriz favorecida en este comercio vergonzante. El oficio que, dicen, es el más antiguo del mundo, conserva su clientela

Lo único cierto, antes de la noche del domingo en que los dictámenes serán finales, es que casi el 60 por ciento de los paquetes de votos para diputados federales están siendo sometidos al proceso de recuento de voto por voto, casilla por casilla. Hay muchas monedas que se asumen en el aire, aunque la rectificación nunca es masiva.

Los que fuimos a votar el domingo salimos convencidos de que cada vez es más difícil acudir a todas las formas tradicionales del chanchullo, salvo acaso el robo violento de urnas u otra modalidad igualmente salvaje. Hay demasiados ojos vigilando los procesos, en esta etapa de nuestra madurez democrática.

No llegamos con ella a erradicar las negociaciones de la carne que se dan en los pasillos de las cámaras, que tanto recuerdan a las recámaras de la prostitución. De eso todavía tenemos que aprehender.

ACLARANDO QUE AMANECE: La Putain Respectueuse es una obra de teatro de Jean Paul Sartre, escrita en 1946. Creo que fue la primera obra profesional en la que intervine en el teatro del Aula Magna de la UNL, por ahí de 1958.