Por Félix Cortés Camarillo.

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Fuensanta,

¿tú conoces el Metro?

…Y tus cielos

los bancos

de Comercio

y el relámpago

verde de los dólares.

Efraín Huerta, Poemínimos

Conocí hace muchos años a Fuensanta, una suculenta y esplendorosa encueratriz de mis juventudes, porque habíamos aprendido teatro juntos y una noche de septiembre me rompió un huevo lleno de harina en mi cabeza. Su padre, el maestro Francisco M. Zertuche que no sé si todavía se conserva en la Universidad de Nuevo León, en el Colegio Civil de Monterrey, una pinchurrienta aula de 250 metros cuadrados que llevaba su nombre. Fuensanta fue nombrada así, porque el erudito maestro Zertuche era devoto del poeta zacatecano Ramón López Velarde.

De la muerte de López Velarde se acaba de recordar el centenario.

Como ya es costumbre inveterada, el acto oficial del aniversario fue una mezcla de cursilería rascuache y oportunismo político para colgarse del prestigio del llamado «poeta nacional». No faltó la pareja de adolescentes que leyó al alimón la Suave Patria, la autoridad del Instituto Cervantes con su lista de poetas que admiraron al zacatecano, y el discurso oficial del presidente López, en el que la piedra angular fue el insistir en el maderismo de López Velarde frente a la reacción representada por otros intelectuales de su tiempo.

Citando a Elena Garro, primera esposa de Octavio Paz, el presidente López recitó una lista de «la mayoría de los intelectuales» del tiempo de López Velarde que eran porfiristas o incluso sirvieron a Victoriano Huerta aplaudiendo a Juan José Tablada, Enrique González Martínez -sí, el de tuércele el cuello al cisne- Castillo Nájera, Miguel Lanz-Duret o el mismísimo Amado Nervo.

Una obvia e innecesaria referencia de queja a los intelectuales de nuestro tiempo que se niegan a sumarse al coro de elogios a la administración actual y su cuarta simulación.

Todo fue la Suave Patria y los veneros contaminantes, escriturados por el diablo. Ni una sola mención al misticismo y sus dudas entre su vocación de cura y de mujeres. A su capacidad de escribirle al zenzontle impávido, al pozo de su casa vieja. A quien pudo escribir: » ya no puedo dudar… diste muerte a mi cándida niñez toda olorosa a sacristía y también diste muerte al liviano chacal de mi cartuja. Que sea para bien. Ya no puedo dudar…consumaste el prodigio de, sin hacerme daño, sustituir mi agua clara con un licor de uvas…»

Ni por asomo una mención a sus mujeres jerezanas, a Mireya, Magdalena o principalmente Fuensanta: «Fuensanta: ¿tú conoces el mar? Dicen que es más grande y menos hondo que el pesar. Yo no sé ni por qué quiero llorar. Será tal vez por el pesar que escondo. Tal vez por mi infinita sed de amar».

Ahora se les va a ocurrir que Suave Patria se convierta en el himno nacional mexicano.

PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): Nada asombra que un palero importado desde Los Ángeles para hacer preguntas a modo en el soliloquio matutino sugiera construir un parque de diversiones a lo Disney en lo que iba a ser un aeropuerto de primera. Lo que no se vale es que el presidente López acepte la propuesta. En un descuido lo somete a consulta popular y nos ahorramos el avión a Orlando.