Por Félix Cortés Camarillo.

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..no podré querer a nadie más…

            Pese a la opinión generalizada, yo estoy seguro de que existen todavía mexicanos honestos y de buena intención que siguen creyendo en el PRI. Y para ellos yo tengo la solución a la crisis que está atravesando su organismo político.

            Cuando en Querétaro, en 1929, el presidente Plutarco Elías Calles ordenó se fundara el Partido Nacional Revolucionario, él estaba plenamente consciente de la necesidad de acabar con los cacicazgos surgidos durante el movimiento revolucionario, que no tenían sustento ideológico, plan de vuelo en los aires del poder o alianzas y compromisos que pusieran en reposo por un tiempo a la individual violencia asesina. Necesitaba, pues, una entidad civilizada y civilizadora que organizara las ansias de poder que pululaban.

            Después de todo, el clima de crispación y pandillerismo que dominaba México había llevado a Álvaro Obregón, maderista primero, carrancista después, rebelde contra Carranza, más tarde a coquetear con la reelección a la Presidencia. Precisamente el principio en contra del que, supuestamente, se hizo la Revolución. La Guerra Cristera, llevó en 1928 al asesinato de Obregón, también supuestamente por un fanático religioso.

            En 1938, Lázaro Cárdenas quiso insertar en su partido cierto matiz nacionalista y le cambió el nombre, aunque no la esencia, por el Partido de la Revolución Mexicana. Ocho años más tarde, bajo la influencia de Miguel Alemán, el partido adoptó su nombre actual para convertirlo en  institucional encargado de repartir los puestos de la administración pública que había comenzado a crecer desmesuradamente.

            Junto con ella creció el partido, que durante setenta años presidió esa oficina de empleos en la burocracia y esa repartición de privilegios económicos fuera de ella.

            En 1988 comenzó el lento e inexorable último fracaso del PRI, cuando prominentes miembros de una derecha inclinada a la democracia resolvieron abandonarlo y formar un Frente Democrático Nacional que luego dio a luz, adicionando a cierta izquierda, al PRD. En el año dos mil el PRI tuvo que ceder posiciones de poder fuera de la capital, pero en el 2018 perdió finalmente la joya de la corona: uno de sus añejos militantes, Andrés Manuel López Obrador se convirtió en presidente de México al amparo de otras siglas, que no son partido político ni nada. Son sólo una pandilla más

            La situación de la política mexicana de hoy no es diferente que la de 1929 cuando Calles inventó al PRI, simplemente es peor. Grupúsculos ambiciosos de poder y dinero, presuntos caudillos locales, quieren tomar el cuchillo que reparte el pastel del presupuesto y de los altos puestos de poder político. Justamente como estábamos al finalizar la Revolución.

            Un dirigente que no dirige es enfrentado por un supuesto líder que fue desacreditado gobernador en Oaxaca y a la manera del pasado, con palos, piedras y pistolas, pretenden tomar el edificio de «su» partido.

            No hay otra solución, para los legítimos priístas honestos que aún quedan, y me consta, que firmar el acta de defunción de este partido: certificar una realidad que ya es evidente e indiscutible. Destruir de raíz algo que no solamente no funciona sino que con su conducta es involuntario instrumento del plan antidemocrático del presidente López en el poder, y la perpetuación de su proyecto de Nación autocrática y dictatorial.

            El PRI está muerto. Que viva el PRI. No solamente con otro nombre.

PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas: Con todo respeto, señor presidente: ya se cumplieron dos meses de la tragedia de la línea 12 del Metro y lo único que se está haciendo es repartir billetes -que cada vez compran menos- entre los familiares de los damnificados. Los mexicanos no quieren limosnas, quieren justicia. Hay responsables de esta tragedia que siguen impunes, diga Usted lo que diga. Porque Usted lo sabe.