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Por José Francisco Villarreal

Cuando cursaba tercer año de primaria, había en mi escuela (rural) grupos sólo con niños y sólo con niñas. No nos explicaron por qué esa distinción, y no implicaba alguna diferencia en la enseñanza: los mismos libros, el mismo plan de estudios, la misma “tabla del siete”, las mismas planas de óvalos y lluvia de la caligrafía Palmer, pero en diferentes aulas. Aunque era poco frecuente, alguna vez hice una travesura en clase. El maestro, don Santos Flores Turrubiates, dictaminó el peor castigo, peor aún que la “varita de la virtud” o la cuerda de reos convictos para el aseo de los sanitarios: enviarme el resto del día al aula de tercero de niñas. Salí de mi salón coreado por las risas de mis compañeros y fui recibido en el otro con un coro de los cuchicheos. La maestra me sentó entre dos niñas y, la verdad, me trataron bastante bien, más como un invitado. ¡Hasta me convidaron lonche!

Poco a poco las cosas cambiaron y se hicieron grupos mixtos, aunque siempre con la distinción de filas de niños y filas de niñas. Incipiente progreso, pero fue un buen aliciente para los varones, porque normalmente las niñas eran más cumplidas, más “aplicadas”. A veces hasta se hacían mini-competencias académicas en las que con frecuencia ganaban las niñas. Los perdedores tenían que encargarse del aseo del aula. Creo que fue entonces cuando aprendí a barrer… Trapear, todavía no se me da.

Afuera de la escuela las cosas cambiaban. Todos éramos parientes, vecinos o conocidos. La distinción entre niños y niñas ya no era tan radical, pero siempre permanecía. Si bien había cosas que debían hacer o no niños y niñas, se sabían porque así se nos enseñó en la familia. Esta era la normalidad. No había razones para objetar eso. La tradición es así. Cualquier disidencia es aplastada por convenciones que han “funcionado bien” durante años, décadas, siglos. Ahora ya hay cambios, pero aún con los progresos en la igualdad de género, subsisten todavía muchas taras enraizadas en la tradición, casi como atavismos genéticos. Se puede ser un varón convencido de la importancia de los derechos de las mujeres, e instintivamente regurgitar despecho cuando la nueva jefa de área es una mujer. ¡Más peor cuando es guapa y hay que llamarla “licenciada”!

En aquellas tradiciones machistas, las mujeres eran las mejores intercesoras de los hombres ante Dios (el dios católico en mi caso, si es que puede haber varios). Toda familia tenía al menos una buena rezandera que se sabía de memoria los misterios y las letanías del Santo Rosario. Oficiar ritos religiosos domésticos era el dominio de las mujeres. Los hombres apenas si participaban.

Con el tiempo he visto cómo, al menos en esta distinción genérica, sí había una buena razón. La Iglesia Católica, dirigida secularmente por hombres, no ha sido justa con las mujeres ni con las enseñanzas de Jesús. Las “escrituras” ahí están, pero las interpretaciones, generalmente hechas por hombres, son tan diversas y a veces tan descabelladas y hasta impías, que hay casos en los que resulta imposible creer que algunos ministros, curas, obispos, cardenales…, sean representantes de Dios en la Tierra. Son como el Congreso de la Unión, pero de las cosas divinas, y eso no es el Cristianismo. Por fortuna las palabras de Jesús son tan sencillas que pulverizan cualquier dogma. Y parece que son las mujeres y no los hombres quienes las entienden y las aplican mejor.

No nos extrañemos si en Afganistán, un régimen presuntamente respaldado por el propio Dios impone brutales restricciones a las mujeres. Eso no es el Islam. Eso es la interpretación que hombres, rezanderos del Corán (“Talib” significa algo así como estudioso de la religión) le dan a las palabras que el Profeta dijo, porque no las escribió (no sabía hacerlo). La intransigencia con la que estos piadosos hipermachos adoptan los preceptos de la “Sharía” (reglas de conducta según el Islam), con una interpretación muy particular e incompatible con los derechos humanos y divinos es, para el Talibán, también y sobre todo un instrumento político. Lo más terrible es que, aún en tiempos del Profeta, no se entiende esa casi personificación del mal en el sólo hecho de ser mujer. Es como liberar un odio contra el género femenino al que sólo se conserva como ganado y para garantizar la reproducción. Hasta para el peor machista esto resultaría sospechosamente insano. El antifeminista más radical rechazaría eso. El Talibán es en todo caso un movimiento político con graves problemas sicológicos, lo religioso sólo le da cohesión e intensidad.

Todo el mundo, hasta los no cristianos, está con el “¡Jesús!” en la boca por los acontecimientos y la suerte de las mujeres afganas. Las muestras de solidaridad son universales; México y Nuevo León no son la excepción. Lo extremo de la situación en Afganistán nos conmueve, aunque debería también sacudir nuestras propias conciencias. Las mujeres de Nuevo León, de México, también padecen la brutalidad masculina, a veces ejercida por otras mujeres pero con el mismo origen. La diferencia es que aquí no hay leyes divinas sino tradiciones, y la cómoda posición hegemónica de varones que se resistirán a cualquier cambio. En Afganistán, el sello religioso no es común a todos; se trata apenas de una etnia original a la que se han sumado otros grupos, más por intereses políticos que religiosos. En México, en Nuevo León, es más grave, porque son siglos de educación que prevalece incluso en las formas más aparentemente inocentes de nuestro comportamiento. Y eso vale para hombres y para mujeres. A veces sin querer, sin saber, damos continuidad a esa discriminación de género por la que a voz en cuello protestamos.

En Afganistán, el régimen Talibán durará en tanto no aparezca otro movimiento político que lo derroque. Pero en Nuevo León, en México, no se trata de política ni de religión, aunque nutra a ambas cosas y se nutra de ellas. Es algo tan arraigado, que se necesita un profundo cambio de conciencia, y no de leyes o de credos. Recemos, protestemos, lloremos por las mujeres de Kabul. Pero mientras esa indignación no surja de un cambio de conciencia en hombres y en mujeres, dentro de las propias familias y en la educación, Nuevo León, y todo México, seguirán siendo Kabul, pero con una grotesca máscara feminista.

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// José Francisco Villarreal

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Autor: stafflostubos
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