Por Carlos Chavarría

Resulta casi patético atender a las peripecias dialécticas de un político de viejo cuño frente a un mundo moderno que no comprende.

Los paradigmas generacionales tan comunes a los seres humanos, en los políticos se convierten en su marca sin importar  auditorios o resultados.

En las mentes de estos personajes se suceden imágenes que solo existen y los  convencen de sus triunfos pueriles frente a oponentes de ocasión o circunstancias que los revalidan en su muy peculiar sistema anquilosado de ideas.

El viejo político español José María Aznar, tristemente recordado por sus malabares mentirosos por los atentados terroristas contra los trenes de cercanías de Madrid, mentiras que a la postre costaron el poder a la derecha española; cayó en la trampa del viejo mañoso López Obrador, como se dice vulgarmente “se ganchó” en el juego del mexicano.

En ajedrez existe la expresión “zugzwan” que se utiliza para denotar una jugada obligada y nuestro presidente, como muchos viejos políticos,  es experto para ponerse y poner a otros en posición de respuesta obligada.

Los viejos políticos saben que en tanto muevan su discurso en lugares comunes nunca se arriesgan a perder,  y mucho pueden ganar en cuanto alguien se suba al ring para defender cuando lo mejor es ceder y con eso poner al contrario en zugzwan.

No existe una sola frase de López Obrador que sea discutible en su esencia. No importa si contradice los hechos, incluso si se contradice a si mismo, en la medida que siempre dice algo que parezca verdad aunque sea totalmente irrelevante.

Esa singular habilidad sofista de nuestro presidente hace muy complicado confrontarse con él  porque no debe olvidarse que lo que esta ofreciendo  es un simulacro de la verdad agradable a los oyentes del momento y no la verdad sobre la realidad concreta por la que atravesamos.

No es discutible el aseverar que la historia de la humanidad está plagada de excesos de violencia cometidos por todo vencedor y a toro pasado, de acuerdo con la visión del humanismo amerita una disculpa.

Pero en tanto su discurso se mantenga en la superficie de los problemas el presidente hace olvidar los 600 mil muertos de la pandemia, y los 100 mil homicidios dolosos del crimen organizado y hasta la corrupción rampante de su administración.