Por José Francisco Villarreal

Quería comer cerdo agridulce, verduritas salteadas y unos fideos chinos bañados con aceite picante. Me encanta la gastronomía china, sus platillos ying o yang, algo picantito de la cocina Sichuan, algo Hunan bien frito, cualquier semicrudité fragante de Cantón, hasta un Caldero Mongol, así tenga que poner un brasero en la mesa y chamuscar el mantel. Pero no, esta vez comí tacos de papa con chorizo en tortillas de harina. Es que me sentí culpable. De pronto ir a comer comida china ha escandalizado a México. Y más que se compartiera la mesa con algún millonario o millonaria. Ni que fueran parte del menú.

Me fastidia tanto la alharaca generalizada por el hecho de que Emilio Lozoya se haya sentado a la mesa de opulentas personas a cenar comida china. Ya imagino a los más finos y enconosos críticos echando espumarajos de indignada bilis junto a un puesto callejero de tortas, tragando su guajolota y bebiendo su refresco de bolsita. Los veo casi, con dignidad de cincinatos, negándose airadamente a entrar a cualquier restaurante de medio pelo que no tenga cocineros sino chefs. ¡La quiebra amenaza a los lujosos comederos tradicionales de periodistas y políticos de chistera! La democracia reivindicándose en las panzas aventureras.

Yo tenía entendido que el todavía presunto (y parece que seguirá así por décadas) no estaba en estricto arraigo domiciliario. Si acaso es un arraigo nacional, porque estaría impedido para salir del país y, si entendí un poco de los recursos jurídicos, colateralmente también impedido para viajar demasiado lejos de su domicilio legal. No sé que la licencia de la que goza le impida ir a comer o beber con quien desee y a donde desee. Tampoco es inmoral que lo haga. Es perfectamente lícito, y si puede pagar la mejor atención, pues es su dinero, bien o mal habido, pero todavía es su dinero. Salvo que le haya endosado la cuenta a alguno de sus contertulios, que bien podría ser.

México está en un debate vital. Estamos en vías de pintarles un palmo de narices a las voraces empresas energéticas nacionales y extranjeras. O bien, estamos a un pelo de gallina de entrar en la triste dinámica de países europeos donde los precios de la electricidad se han vuelto impagables (si siguen así tendrán un invierno más triste que el de Connie Francis). Tengo la esperanza de que en el proceso de negociación legislativa se llegue a acuerdos ventajosos para los mexicanos. Una coma mal puesta en esa iniciativa, y de ser beneficiarios de un recurso nacional, pasaríamos a ser víctimas de él. Y como ya lo éramos desde el Pacto por México, una victimización más sería fatal. Estoy completamente seguro que los políticos que defienden a las trasnacionales, no a México, jamás han tenido que juntar morralla para poder pagar un recibo de CFE o Naturgy. Yo sí, ando en eso.

Debo ser honesto y confesar que no conozco del todo la iniciativa que se debate. Lo único que sí conozco es la deshonestidad de los partidos que orquestan una defensa tan apasionada de varias empresas extranjeras. No, no les creo nada, y nadie debería de creerles. Han demostrado sistemáticamente durante muchos años que mienten como respirar. Su argumento sobre las energías limpias es contradictorio. ¿Ellos hablan de limpieza? ¡Cómo no!

La oposición a la iniciativa energética no se sostiene popularmente porque no hay manera de demostrar algún beneficio para los ciudadanos comunes; incluso la reforma apenas si ofrece esperanza. Hay empresarios que sí entienden el beneficio, su beneficio, porque ya lo han gozado y quieren seguir haciéndolo. Pero no es la producción en las empresas la prioridad sino el bienestar de los ciudadanos, todos. Y esto no lo garantizan las empresas privadas productoras de energía, ni las nacionales y mucho menos las extranjeras.

Con un escenario nacional tan crítico, una amenaza eléctrica todavía peor de la pandemia, estar cacareando vituperios porque Emilio Lozoya fue a cenar en un restaurante chino de lujo, es una frivolidad, es un distractor que aleja la atención pública de un tema que sí es importante. Nada más que una finta para que el respetable público cabecee para el lado del golpe por estar bobeando. Aunque no nos queda de otra que seguir siendo meros espectadores, porque en el Congreso de la Unión parece que unos partidos, coludidos y pastoreados por “X” personas, quieren apostar por enriquecer más a las empresas empobreciendo más a los mexicanos.

Además, la cena de Emilio Lozoya no fue inmoral, don Andrés, sino perfectamente lícita (algo que parecería hasta raro en ese eterno presunto). Fue, sí, una provocación, un distractor y hasta una inmoralidad, pero sólo desde el momento en que se difundió tan escandalosamente en los medios de comunicación. Porque respecto a Lozoya y su proceso, la única inquietud nacional es ¿Hasta cuándo? Lo demás es un cuento chino.