Por Obed Campos

Ayer, mientras en las redes sociales se daban hasta con la cubeta unos a favor y otros en contra de que las señora Mariana Rodríguez (sí, lo de “señora” con todas las letras porque es una mujer casada) se apareciera en Palacio de Gobierno con un disfraz de Cenicienta, seguramente rentado en la tienda Caperucita, “donde se visten los niños”… y luego la discusión se ampliara a que si se veía bien o no la dama con el pelo corto, acto, según ella, a favor de un niño con cáncer…

El gobernador Samuel García encabezó un evento en el que se firmó el “Acuerdo por la Seguridad de Nuevo León”, que, supuestamente pretender subir en 34 por ciento el número de elementos de Fuerza Civil en los próximos cuatro años.

Casi a la misma hora del evento de relumbrón en el Palacio de Gobierno, policías estatales se jugaron la vida en un enfrentamiento en el norte del estado, concretamente en los límites de Cerralvo y General Treviño.

De la refriega, en las que las dulces palabras y buenas intenciones de Mariana no tuvieron eco, tal y como tampoco tuvieron eco los discursos del evento mañanero en el que los involucrados firmaron convenios y compromisos, como si estos fueran la varita mágica que venía incluido en el disfraz de la “no primera dama”.

En el recuento de los daños, quedaron tres cadáveres de supuestos malandros, caídos en el enfrentamiento con los policías y lamentablemente dos elementos de Fuerza Civil lesionados, aunque al parecer no de gravedad.

¿Es ese el Nuevo León profundo al que se referiría aquel?

En los sueños que plantea el convenio firmado ayer por Samuel García y otras autoridades, organismos civiles, cámaras empresariales, universidades, sindicatos y compañías de seguridad privada se aspira a que Fuerza Civil alcance a llegar a los 7 mil 500 elementos, porque se dijo que la corporación estatal cuenta con 5 mil 600 elementos…

Así se da el choque, otra vez en el estado: la terca realidad de una delincuencia que no para y las autoridades que con curitas y películas infantiles quieren combatir el problema.

Y es que nadie lo ha reconocido: Nuevo León pasó de las páginas de El Libro Vaquero a las películas infantiles en videocassete de Disney, con la mejor de las intenciones pero con artilugios de fantasía.

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