Por José Jaime Ruiz

@ruizjosejaime

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El presidente Andrés Manuel López Obrador es un profundo conocedor de la historia mexicana del siglo XIX. Dos figuras iluminan sus discursos, la de Morelos y la de Juárez. Al finalizar su intervención ante el Consejo de Seguridad de la ONU, citó al Siervo de la Nación y a Bolívar. Antes de partir a Nueva York, repitió una frase del Benemérito: el servidor público debía aprender a vivir en la justa medianía.

El ex titular de la Unidad de Inteligencia Financiera, Santiago Nieto, extendió una invitación a su boda al presidente y a Beatriz Gutiérrez Müller quienes, después de las nupcias mediáticas de César Yáñez, declinaron asistir. De entrada Andrés Manuel, apercibido, no podía condenar esa boda, no le pareció a priori escandaloso el evento. ¿Por qué hasta después del acontecimiento condenó el suceso apelando a Juárez?

Si la forma es el fondo, citando al clásico, el problema no fue la boda sino el bodorrio. Eventualmente los funcionarios públicos convierten sus fiestas particulares en mítines, en consorcios, en festivas connivencias íntimas para negocios posteriores. Un exacto investigador como Santiago Nieto quedó como un ingenuo agente político por su lista de invitados. Para Andrés Manuel el problema no fue la boda, como lo fue con César Yáñez y la revista Hola!

Santiago Nieto pretendió un discreto encanto de la medianía juarista, lo pudo haber logrado, pero tuvo ¿inopinadamente? que convidar a su boda al viajero incómodo, el dueño del periódico El Universal, el señor Juan Francisco Ealy Ortiz, uno de los adversarios del presidente.

La asistente al jet de marras, la ex secretaria de Turismo de la CDMX, Paola Félix Díaz, mostró un imprudente desencanto de la 4T o un insensato encanto por la burguesía al subirse al avión rentado por el dueño de El Universal. La jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, cortó por lo insano, la cesó.

Se puede especular sobre el uso y abuso de la boda del ex titular de la UIF, intentar armar una lucha extraterritorial para la candidatura del representante de Morena en el 2024, ya sea Marcelo Ebrard o Claudia Sheinbaum. En el incidente, Marcelo en las sombras, Claudia en la luz. Más acá, los ceses de Andrés Manuel tienen un patrón: la deslealtad.

López Obrador puede, inclusive, soportar corrupciones, como la de Manuel Bartlett y su familia y familia extendida, pero Manuel es un leal a morir de Andrés Manuel. Lo inadmisible es ser desleal. ¿Cómo tener entre los honorarios invitados de honor a la antigua boda guatemalteca a uno de los adversarios mediáticos de la 4T, Ealy Ortiz?

El otro adversario mediático es Alejandro Junco, de Reforma y, al paso, López Obrador ya los dividió. La derecha mediática llegó a un punto de no conciliación cuando Ealy Ortiz le menciona a Junco la relación de su hija con “Nxivm”.

No sólo se trata de “medianías” ni de discreción, tener trescientos en las Termópilas del próximo proceso electoral o en Antigua es nada discreto. La solución de Andrés Manuel, repito, no es la boda, son los invitados. Cuando el matrimonio privado se convierte en asunto público, nunca pretendió ser privado. Algún amado sudaca podría expresar que con sábanas qué bueno, sin sábanas, da igual. Es el caso. Y ustedes, prófugos de la 4T, cuando “aman”, ¿calculan interés? No fue la boda, desde la deslealtad, fue el viajero incómodo.

La dimisión de Paola Félix Díaz posiciona de cara al 2024 a la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum. La discreción sobre el incidente y las incidencias provocadas o no del canciller Marcelo Ebrard, lo disminuyen. La política interior tiene escenarios exteriores. ¿Cuánto ganaron? ¿Cuánto perdieron? Guatemala y Nueva York. Entre Claudia y Marcelo te veas…