Por Félix Cortés Camarillo

La cifra no puede ser exacta; entre las mentiras del doctor López-Gatell, la manipulación de las estadísticas que -si no fuera por el INEGI nos mantendría en el país de Nunca Jamás- podemos discernir que llevamos bien arriba de medio millón de mexicanos muertos a consecuencia de los males del Covid-19.

            En los remotos tiempos del siglo pasado, la gente no se moría de cáncer sino de «un tumor». Extrañamente, a los hombres de los que se sospechaba o se sabía que tenían una conducta activamente homosexual, se les detectaba repentinamente una neumonía fulminante para que las más altas «unidades» de penicilina resultaban insuficientes. A nadie se le había ocurrido descubrir, bueno definir y darle nombre al síndrome de inmunodeficiencia adquirida.

            De la misma manera, los pacientes mexicanos que los hospitales del bienestar y la salud, desahucian y mandan a que se mueran a su casa con el pretexto de que necesitan las camas para los enfermos graves de Covid, oficialmente perecieron de muertes naturales, como reza en sus actas de defunción.

            Eso explica que la gobernadora de la capital del país, doña Claudia Sheinbaum, mejor conocida como la favorita corcholata destapada por el presidente López para sucederlo, ande muy ufana repartiendo entrevistas desinteresadas a los medios de Gran Bretaña y España y presumiendo el éxito del Gran Premio de México de la fórmula uno, evento que en su pasada edición irrealizable calificó como fifí, una de las versiones de la clase media hamburguesada.

            A mayor abundamiento, la gobernadora de la ciudad capital mexicana afirma que, aunque las cifras que abundan por ahí de los muertos por la pandemia fueran ciertos, la Ciudad de México no volverá a tonos de coloración diferentes del verde.

            En Austria, a partir de esta mañana de lunes todo aquel que no pueda mostrar un certificado de vacunación completa tiene que quedarse en su casa; en Holanda, la policía tiene que usar la fuerza porque el número de descontentos con las medidas sanitarias de restricción a sus libres desplazamientos ha crecido y se ha vuelto más brusco. En México, nada de esto pasará: ya estamos en la precampaña presidencial aunque falten tres años para que este señor se vaya a su rancho.

            Vivir es como andar en bicicleta. Hay que pedalear para poder seguir. Morir es lo mismo, pero al revés.

PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): con todo respeto, señor presidente, después de la payasada escenificada en el Zócalo el sábado, ¿seguimos hermanados con los Castro, Ortega y Maduros? Dígalo de una vez.

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