Hace algunos días, trascendió que el gobierno de Nigeria, cuya tasa de inoculación contra el Covid-19 llega apenas al 5 por ciento, destruyó más de un millón de dosis de vacunas AstraZeneca después de que las autoridades afirmaran que algunas de las dosis de las donadas por los países ricos occidentales tenían apenas unas pocas semanas más de caducidad.

“Hemos retirado con éxito un millón 066 mil 214 dosis de vacunas AstraZeneca expiradas. Hemos mantenido nuestra promesa de ser transparentes con los nigerianos”, declaró Faisal Shuaib, director ejecutivo de la Agencia Nacional de Desarrollo de Cuidados de Salud Primaria. Por su parte, en entrevista con la BBC, el ex primer ministro de Reino Unido, Gordon Brown, catalogó el fracaso de la distribución de vacunas a países más pobres como “una mancha en nuestra alma global”.

Este “desperdicio” de vacunas y la gran desconfianza que tienen los africanos a cualquier sustancia medicinal que llegue desde occidente, no es casualidad. Aunque parte de la opinión pública criticó lo sucedido en Nigeria, habría que comprender primero por qué los países de dicho continente tienen aversión a las distintas fórmulas que combaten al Covid-19.

En 2002, el presidente de Estados Unidos en aquel entonces, George W. Bush, anunció que brindaría una partida presupuestal contra el SIDA en África. Unos meses antes, los encargados sanitarios habían modificado los informes del medicamento que sería usado, pues experimentos anteriores en Uganda indicaban que podría tener efectos letales.

Años antes, en 1996, la empresa Pfizer suministró a 200 niños en Nigeria un medicamento experimental llamado Trovan: 11 niños murieron y muchos otros tuvieron fuertes afectaciones que cambiaron sus vidas para siempre. La farmacéutica envió la sustancia en respuesta a una epidemia de meningitis y cólera en la zona; aprovechando la situación pretendieron ver los resultados de su nuevo producto.

Una de las madres de los menores un día llamó a uno de sus hijos: éste no hizo caso. “No me respondió. No oía, no hablaba. Estaba como dormido, pero con los ojos abiertos”, dijo la mujer a la BBC. La madre contactó a los médicos de Pfizer; le dijeron que sus hijos mejorarían… días después sus dos pequeños murieron.

Las enfermedades y muertes por el Trovan fueron aumentando. Investigaciones de The Washington Post revelaron que efectivamente, ese medicamento jamás había sido probado anteriormente.
En Zimbabue, en la década de 1990, más de 17 mil mujeres seropositivas fueron sometidas a ensayos sin su consentimiento informado para probar el fármaco antirretroviral AZT, según la organización GlobalVoices.

Las farmacéuticas, una industria que genera más riquezas que los bancos comerciales e incluso que los minerales energéticos, funcionan como una mafia, experimentando con seres humanos de escasos recursos. No todo el crimen organizado está en las calles sembrando el terror con un arma. Otro sector del crimen trabaja desde un laboratorio y jerarquiza la vida de los seres humanos: probar en unos para sanar a otros, un lujo que sólo se puede dar la industria más rentable del planeta.

En nuestras épocas, han surgido hashtags como #LosAfricanosNoSonConejillosDeIndias e incluso figuras del deporte como Didier Drogba, han luchado por erradicar estas prácticas que incumplen el respeto a los Derechos Humanos estipulados por la OMS, en cuanto a experimentación médica. Es por eso que, cuando sepamos de un país en África cuya población rechaza la vacunación contra el Covid-19, pensemos en un clásico caso de “Pedro y el lobo”, pues los medicamentos occidentales les han causado tanto daño, que ya no quieren arriesgarse a otro experimento más.