Por Omar Cervantes Rodríguez

Comunicación en línea

En un país tan polarizado como el nuestro (supongo en el mundo pasa igual), en el que son pocos los casos de cordura, uno de los problemas crónicos es que la mayor parte de la gente que discute en persona, en redes sociales, en los medios masivos y, sobre todo, en chats grupales de teléfono, discute sin argumentos, sin investigación y dándole rienda solamente a sus filias o fobias ideológicas, partidistas o políticas.

Desafortunadamente esta forma de comportamiento ha alcanzado ya a dos segmentos que anteriormente se caracterizaban por ser investigadores y por buscar argumentos para posicionar sus ideas, los periodistas y los analistas políticos, por lo que, si estos que deberían de hacerlo por oficio y por obligación ética, no lo hacen, difícilmente podríamos pedírselo al resto de la población que lo haga.

Sobre todo, en esta época, en la que basta tener un dispositivo móvil, redes sociales y pertenecer a un grupo de mensajes por telefonía, cualquier persona puede emitir un mensaje y multiplicarlo a diversas audiencias, independientemente de su contenido, veracidad u objetivo.

Como que ahora está de moda que las personas hagan como que saben y participen en algún chat, mostrando mucho interés en eso que dicen saber y queriendo convencer a los demás con sus argumentos y de que sí se conoce del tema (aunque no sea así).

Como si saturar de mensajes estos grupos virtuales y repetir, sin ninguna estrategia, las mismas ideas (que normalmente no son propias) y reenviar ligas o textos que alguien más escribió, usándolas para apoyar sus posturas, le dieran a la persona la credibilidad o no, de lo que está enviando.

Afortunadamente, cuando uno acepta ser parte de estos grupos, normalmente conoce las filias y fobias de sus integrantes y sabe quién es quién en el conglomerado de participantes, además de tener herramientas tecnológicas a la mano como las funciones de silenciar, archivar y elegir qué textos leer, por lo que en muchos casos estas dinámicas terminan convirtiéndose en diálogos sordos.

Sin ser exclusivo de este tipo de comunicaciones digitales, en la vida real sucede lo mismo, pocos investigan y sustentan sus dichos a la hora de comentar algún tema y la mayoría de las personas se convierten en repetidores de lo que alguien más está diciendo.

Incluso a nivel periodístico, me da mucha pena decirlo, pero es una realidad que he podido observar en mi vida como comunicador social, en las nuevas generaciones muchos reporteros de campo no investigan, no cotejan y piden la información en la comodidad del teléfono celular sin siquiera pararse alguna vez en las instalaciones de la fuente que le corresponde cubrir, práctica muy común desde que inició la pandemia.

Llegaban incluso, sin generalizar por supuesto, al grado de pedir la liga de la información solicitada, sin siquiera darse a la tarea de hacer su búsqueda propia en internet o en alguna fuente creíble de información.

Con sus honrosas excepciones y reconociendo a los que aún investigan, cotejan y se preparan, si estas prácticas suceden cotidianamente en quienes eligieron por oficio el del periodismo, ¿qué pudiéramos esperar del resto de los mortales?

Casi en cualquier tema existen “amantes” (lovers) y “enemigos” (haters) que han perdido la razón, la cordura, el sentido común y el diálogo respetuoso, repitiendo solamente lo que alguien más está emitiendo, sin detenerse a analizar y sólo haciéndolo si creen que “favorece” o “perjudica” a la causa que defienden o atacan.

Esto que es lo cotidiano en redes sociales como el twitter y los chats grupales de whatsapp, pasa también en las pláticas cotidianas en las bodas, reuniones sociales, comidas, desayunos, cafés o cualquier momento o lugar donde surgen los temas polarizados de interés generalizado.

Y aquel sabio consejo de generaciones pasadas que solía sugerir que, de política, religión y deporte (futbol) no debería discutirse, ahora vemos por doquier a quienes se autoproclaman como analistas políticos, lideres morales y teológicos, así como expertos en dirección técnica deportiva y… en todo lo demás.

En mi caso me gusta siempre practicar el silencio, escuchar y cuando veo oportuno, preguntar (con cierta ironía lo reconozco) cuál es la fuente de los datos que se están discutiendo, si me pueden facilitar hechos que demuestren sus dichos o si me regalan la bibliografía a la que puedo acudir para confirmar la información.

Ya no me causa sorpresa recibir respuestas como: “ay, todo mundo lo sabe”, “lo pasaron en un chat”, “lo publicó tal periodista (usualmente con un sesgo igual al de quien lo comparte)” o simplemente, “no tengo los datos, pero cualquiera lo puede confirmar”.

En esos momentos o se termina la plática o las agresiones por preguntar o por opinar diferente se dejan venir como cascada, sin datos, con otros datos y con la única intención de “ganar el debate” aunque la razón o los argumentos no le asistan a veces a nadie, con la única alternativa de aplicar en la vida real las funciones de silenciar, archivar y marcar como leídos cuando se está en una dinámica de esa naturaleza.

Investigar, subir el nivel de debate y hacer a un lado filias y fobias extremas e irracionales, quizás nos ayuden a construir una mejor sociedad en la que al menos prevalezca el respeto al derecho a disentir.