Por Félix Cortés Camarillo

Aletargado el mundo como suele estarlo con frecuencia, nos vamos acostumbrando a una nueva realidad que se nos ha impuesto sin que nos hubiera pasado por la cabeza que fuera posible en pleno siglo veintiuno: la invasión de un país pequeño, teóricamente soberano, reconocido como tal por México, con asiento en la ONU y todo, por el ejército de una potencia nuclear. Sin que las consecuencias vayan más allá de unas dos centenas de muertos y unos cincuenta millones de civiles aterrados, o una retahíla de condenas por el lado de Occidente y de amenazas por doquier de parte de Rusia. El liderazgo de Occidente, en manos del presidente Biden, ha mostrado una tibieza que aterra. No, yo no pretendo que los soldados de los Estados Unidos debieron haber entrado a Kyiv, Odessa, la planta nuclear infame de Chernobyl, o la ciudad tantas veces mártir de Lviv a contener la invasión de Vladimir Putin y sus tropas.

Tampoco seria nada extraño. Las tropas norteamericanas han estado siempre listas para lo que se ofrezca.

Se ofreció el 7 de octubre de 2001 para entrar en Afganistán a hacerle la guerra al Talibán en venganza por los atentados en contra de las torres gemelas atribuibles a Osama Bin Laden; Bin Laden desapareció sin que nunca viésemos su cadáver y Biden sacó a sus derrotadas tropas de Afganistán después de veinte años, en la más larga guerra que han librado -si se puede decir librar- nuestros primos.

            Se ofreció en el 2003 para ir a derrocar a Saddam Hussein en Irak con el falso pretexto de que el dictador tenía en sus bodegas armas nucleares para partirle la madre a los Estados Unidos. Las tropas salieron ocho años después e Irak sigue siendo país enemigo.

            Pues nada de eso se ofreció ahora con el avance hacia Occidente de las tropas de la Gran Rusia para anexar de nuevo Ucrania a lo que fue la Unión Soviética.

            Si, como he insistido permanentemente, la guerra es un gran negocio, la respuesta de Estados Unidos y sus aliados lo ratifica; las sanciones tan cacaraqueadas en contra de Putin son de banco a banco. Bloqueo de cuentas, congelación de transferencias electrónicas, sacar a Rusia del SWIFT, que es el banco electrónico que vemos en Misión Imposible y otras series de acción y espionaje. Y no pasa nada.

            Ayer vi un partido de futbol estupendo en el que el Liverpool derrotó al Chelsea en penales 11 a 10. Eso vale gorro. Lo que no pude olvidar es que desde el año 2003 el dueño del Chelsea, fundamental equipo de la llamada Liga Premier, ha sido Roman Abramovich. Multimillonario ruso. Eso sería anecdótico, pero no lo es el hecho de que los ricos de Rusia, que se hicieron de los recursos de la URSS -incluyendo los de Ucrania- tienen sus millones de euros mucho más al oeste de los montes Urales. En Londres, por ejemplo. La llamada Gold Visa, que el Reino Unido otorga a los que traigan lana para invertir, hace que empresarios como Abramovich y sus hijos hayan podido acceder a la ciudadanía británica y la inmunidad que a sus negocios otorga.

            Ese no es el camino: Washington lo sabe. El bloqueo económico a Cuba ha contribuido a que la vida de los cubanos sea infame; no a la clase dirigente, que sigue viviendo con los privilegios palaciegos.

            Y todavía sigue lo peor. Apenas han pasado cinco días.

PREGUNTA PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): con todo respeto, señor presidente, Vladimir Putin dijo el otro día -yo lo escuché- que un país fronterizo al sur de los Estados Unidos estaba metiéndose a los asuntos internos de Rusia. ¿A quién se podría referir? ¿No merecería desde Palacio Nacional una respuesta airada como la que le dio usted a un twitter del secretario de Estado de los yanquis?

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