Por Félix Cortés Camarillo

No. México no tiene la exclusividad del salvajismo en las gradas de los estadios deportivos o sus alrededores. Fenómenos de bestialidad semejantes a los que se dieron el sábado por la noche en el estadio Corregidora de Querétaro, los hemos visto en Brasil o Colombia, la civilizada Holanda, ejemplo de urbanidad, o la victoriana Gran Bretaña, tierra de origen de los hooligans.

            Tampoco el estadio de los Gallos Blancos de Querétaro es el único recinto mexicano en el que la barbarie suelta sus hordas; en 2015 un juego de Chivas contra Atlas terminó en zafarrancho en el estadio Jalisco. En el Pirata Fuente de Veracruz un encuentro de Tigres contra Veracruz terminó a las otras patadas y puñetazos en 2017. En 2019 en el estadio potosino Alfonso Lastra los seguidores del San Luis la agarraron a trompadas con los del Querétaro. Hace un año, en las afueras del Azteca de la Ciudad de México, los fanáticos -y nunca mejor usada la palabra- del América y de los Pumas, se enfrentaron violentamente. Incluso la plaza que puede ufanarse de tener la afición futbolera más civilizada y bien portada, que lleva a su novia e hijos pequeños a los partidos sin temor alguno, no estuvo exenta de violencia en los alrededores del estadio universitario de Monterrey al final del clásico Tigres-Rayados de 2018.

            Son muchos los factores que propician estas muestras de primitivismo. Uno de ellos es, desde luego, la distorsión que se ha hecho en los medios de comunicación de las competencias deportivas para hacerlas manifestación de un nacionalismo patriotero y ramplón trasladado al chovinismo de ciudad, pueblo, barrio, corral o equipo. Fe ciega.

            En el México actual el encuentro deportivo es campo fértil para hacer detonar el rencor social acumulado. Venimos de años de fracaso social, mentira política y desvergüenza pública. El mexicano ya no espera saber quien se lo hizo y se apresura a encontrar quien se la pague, descargando la ira contenida.

            De la misma manera en que el negocio de exhibir películas no es por cobrar la entrada al cine sino por lo que se vende y consume dentro de él, los estadios de futbol o cualquier otro deporte en México son tradicionalmente enormes cantinas en donde el promedio de consumo de cerveza es de más de dos por cráneo. Promedio. Y no hay peor borracho que el que anda pedo.

            Teóricamente, el propietario del inmueble en el que se juegan los partidos y el público se embriaga, por lo general dueño del equipo que tiene el estadio como sede, tiene la obligación de proveer vigilancia suficiente -en número y recursos- para someter a todo el que viole el orden público dentro de él. De la misma forma, la autoridad municipal debe garantizar la paz y seguridad en los alrededores del recinto. Unos y otros fallan invariablemente. El sábado fueron rebasados. Una veintena de heridos, dos de ellos al borde de la muerte.

            Por encima de todos estos causales se extiende una manta que los cubre y esconde: la impunidad auspiciada desde el gobierno.

            ¿De qué serviría, como algunos sugieren, dar credencial para entrar a los estadios, limitar la venta de bebidas alcohólicas, aumentar el número de policías en el graderío, someter y encarcelar a los rijosos? ¿Cómo se podría todo ello lograr, si la política de abrazos, no balazos, propicia la inmunidad de los violadores de la ley? ¿Quién lo podría poner en práctica si los delincuentes, no los fanáticos beodos, humillan, ultrajan, desarman y detienen a los mismos miembros de la tropa del Ejército Mexicano, ya no se diga a los gendarmes de punto?

            Mientras esto no se resuelva de raíz, todo será demagogia barata, de la que se usa para tapar el pozo una vez ahogado el niño, del que caiga quien caiga, y de todo el peso de la ley.         

PREGUNTA PARA LA MAÑANERA (porque no me dejan entrar sin tapabocas): En la Rusia de hoy está prohibido, so pena de hasta quince años de prisión, decirle invasión a la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Señor presidente: Vladimir Putin está superándolo a usted al imitarlo en la condena de los medios de información. Bravo.

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