Por José Francisco Villarreal

Hay muchos programas, leyes, reglamentos para proteger a las mujeres contra la violencia machista. Gobiernos, instituciones y, ¡cómo no!, partidos, no paran de divulgar, por todos por todos los medios posibles, su solidaridad con las mujeres víctimas de la violencia. Los medios no son avaros al expresar su apoyo a la causa femenina ante casos de injusticias y, muy especialmente, ante desapariciones y feminicidios. El 8M es la plataforma favorita para que expongan, “urbi et orbi”, cuánto le pesa a políticos, funcionarios, “influencers”, columnistas, locutores, etcétera, la injusticia que sufren las mujeres ante el machismo, cada vez más frecuentemente llamado “Patriarcado”.

Si un alpinista llegara la cima del Everest y volteara hacia México, desde ese sótano del cielo vería un país donde todos estamos de acuerdo con los principios de igualdad de género, la dignificación de la mujer, y todos esos temas anotados en la agenda feminista mundial. El mundo entero emitiría un “¡Oh!” de admiración con un poco de envidia. Pero ya sobre la horizontal cotidiana, ningún país se atrevería a copiar nuestro sistema solidario porque, aunque nos duela decirlo, ¡es mentira! No hay tal equidad.

Somos una arraigada contradicción, y no sólo en temas de equidad de género. Lo demostramos durante la reciente marcha de mujeres en Nuevo León, y lo seguimos demostrando en declaraciones oficiales y líneas editoriales. Desde que las marchistas dieron su primer paso, las noticias difundidas daban cuenta, pero salpicando textos y titulares con términos como: vandalismo, disturbio, destrozo, daño, campo de batalla, violencia, etcétera. Incluso leí una nota que me confundió, no sabía si hablaba de Monterrey o de Ucrania. Tampoco faltaron las opiniones de mujeres en redes que defendían la integridad del “patrimonio” común, se pronunciaban por protestas pacíficas (amor y paz), y se deslindaban de las “agresivas” marchistas. Una de ellas me preguntó si me gustaba ver cómo incendiaban el Palacio de Gobierno. Y no, no me gustó. Pero tampoco me gustó cuando me sacaron el apéndice, pero…

Creo que la mente humana, de cualquier cultura o nacionalidad, es básicamente creativa y práctica. Estamos determinados a crear, a construir. El proceso implica también la destrucción de lo que había. En el caso de edificios, monumentos, y edificios-monumentos, todo ellos nos remiten a una idea sólida de comunidad. Son nuestros templos sociales, el pesebre de nuestra identidad. El caso es que el movimiento feminista no es un movimiento político, esa es sólo una de sus facetas. El cambio que proponen implica un cambio radical en la sociedad, una idea distinta de sí misma, la destrucción (sí, destrucción) de un pasado que es imposible reconstruir. Y esto último siempre será atemorizante. Si el pasado se atrinchera en edificios y monumentos, pues…

Alguna vez, hablando con un funcionario público, le contradecía sobre su idea de feminismo institucionalizado en programas sociales y leyes (otras trincheras). Le comentaba que leyes y programas sociales existen porque hay un problema grave, y tienen sentido sólo mientras ese problema exista. Pero el problema no son las mujeres. Las activistas por la identidad de género tiene bien claro lo que quieren, que no es otra cosa que derechos universales, no genéricos (deberes no, tienen más de los que consignan las leyes). El problema está en esa especie de activismo pasivo que agremia a hombres, y a muchas mujeres también, para mantener las cosas como están aunque expresen públicamente lo contrario. No hay que convencer a las mujeres, no a todas. Hay que cambiar la mentalidad de los hombres “agremiados” culturalmente al machismo, y de mujeres que piensan como ellos. Eso no se logrará con leyes ni programas sociales si están enfocados hacia otra dirección. Logrado ese cambio, será innecesario precisar, incuso en las leyes, el género a que se aluda, a menos que tenga que ver con una particular fisiología.

Tan no ha funcionado la estrategia, ni feminista ni oficial, que es fecha que arrastramos años de abanderar orgullosamente la equidad de género y, aunque se han dado avances mínimos y más bien de membrete, la discriminación y la violencia de género siguen igual y a veces peor. Exigir cambios institucionales en los gobiernos es inútil. Muchas funcionarias públicas acaban siendo exactamente igual que un funcionario varón. Si la equidad de género no gana espacio en la conciencia de los militantes de los partidos, no habrá algún cambio en la función pública. Y es inútil promulgar leyes y programas cuando, como decía antes, apuntan a la dirección equivocada y, además, pretenden cambiar comportamientos, rutinas, no conciencias.

Lo más triste es que los mejores aliados para el cambio necesario son los medios, pero son orgánica o deliberadamente miopes para impulsarlo. Así, después de la pasada marcha de mujeres, los medios exhibieron la gran cantidad de pintas que “tatuaron” a la ciudad. Pero pocos destacaron lo que en verdad expresaban esas consignas debajo de la rabia y el insulto. Y de estos, menos aún dieron o darán seguimiento a esas demandas, es decir, a la verdad detrás de esas consignas. Esa verdad acaba siendo puesta fuera de la ley por el propio gobierno a través de denuncias, ya que la ley “persigue” al daño patrimonial. ¿Quebraron ventanas? Bueno, hay ventanas que no son trasparentes; detrás puede haber un aliado o un agresor. ¿Quemaron una puerta? Es una forma poco común pero efectiva de abrirla. ¿Dañaron patrimonio público? Pues el patrimonio público deja de serlo para convertirse en un bonito escombro cuando un símbolo de identidad ladinamente excluye en los hechos a una parte de la sociedad. Lo que de veras pertenece a todos no necesita ser protegido por leyes contra sus dueños.

Curiosamente, desde hace años, desde las guerras gramaticales y los “chiquillos y chiquillas”, la distinción sólo ha acentuado las diferencias no las ha conciliado. Y de esta marcha, y de otras antes, hay frases que deberían quedar tatuadas en bardas, estatuas, monumentos y edificios. Por lo menos mientras sigan vigentes, aunque se “vean mal”.