Por Carlos Chavarría
Interesante trabajo el que realiza un grupo de universidades de Europa y los Estados Unidos. La Universidad de Viena y la de Michigan [https://www.worldvaluessurvey.org/WVSOnline.jsp] empezaron a escudriñar el escabroso tema de perfilar los valores y creencias de las personas en distintos países, incluido México por supuesto. 

En el sitio que se comparte arriba, pueden hacerse análisis en línea o descargar las bases de datos de los sondeos de los países determinados como de interés. El estudio más antiguo data de 1981 y el más reciente es de 2020.

Dejo a los interesados el revisar con detalle los datos y conclusiones, pero una revisión muy somera nos deja como una sociedad incrédula, desconfiada y con muy severas contradicciones. Más acentuado es el fenómeno en variables de relación con la autoridad en general. De ahí las inquietudes que comparto en estas líneas.

Si observamos los eventos políticos desde que Zedillo sacó al PRI de Los Pinos y repasamos los resultados que hemos obtenido con la alternancia que se ha dado, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que los mexicanos como que no somos muy dados a la reflexión política, pues el voto ha sido guiado más por el coraje y la manipulación mediática que por la razón.

Los cambios en el país, más que por un diagnóstico muy certero de nuestros problemas y necesidades, para enfrentar riesgos y aprovechar oportunidades, se han ido dando por obra de tres impulsos: el voluntarismo presidencial de turno que “busca dejar su huella”, por la manipulación de información de todo tipo, energizada por las presiones de minorías y grupos que es conveniente atender por ser de interés electoral, también por presiones o tendencias externas, y finalmente por el azar apremiante que nos orilla para actuar.

Por ningún lado aparece un afán social deliberado fundado en nuestras convicciones, mas allá de lo que hicieron en la Convención de Aguascalientes primero, y después en la fundación del viejo PRI, que no fue precisamente algo reflexivo sino la necesidad de calmar las ansias del todos los generales; algunos de insignias colgadas y hasta espada virgen, que querían su cuota de poder por la caída del porfirismo y sus “servicios” en la gesta revolucionaria.

Por supuesto que los mexicanos tenemos convergencias en valores comunes, que en cuanto tales son universales y lugar común que nadie se atreve a cuestionar; pero aún esos valores no son producto de una reflexión profunda y por eso los practicamos de manera parcial y conveniente.

Sin reflexión nadie se compromete en realidad con nada y por eso hasta la justicia y la libertad son negociables. Basta observar nuestro comportamiento al volante de un vehículo para aquilatar el poco aprecio que tenemos por nuestra conducta en los espacios que son comunes a todos, en este caso la vialidad.

Abona muy poco a la convivencia y aceptación por los demás, el hecho de que los mexicanos cuando somos autoridad, cuando laboramos en el sector público, el de propiedad colectiva, acentuamos nuestro desprecio por la “otredad” y en el mejor de los casos cumplimos a secas, dígalo si no, el hecho de que ahora la persecución de malos funcionarios de todo tipo es de lo que más raja política sacan los ocupantes del propio trono público, pero sin cambiar en realidad las causas originarias de lo que propicio la delincuencia en todas sus formas desde el oficialismo.

Claro que nos exaltamos y el chisme ratero forma parte de toda sobremesa, y juzgamos en consecuencia cumpliendo el rito distractor que nos mantiene en la decepción, pero para nada nos acercamos a la reflexión para exigir cambios reales en la praxis del poder.

Los mexicanos no escapamos a la tremenda influencia que van ejerciendo los cambios tecnológicos, en especial los de la moderna cibernética, que lo modelan todo al antojo de sus creadores ante nuestra poca disposición para escudriñar y comprender todos los fines ulteriores de los propietarios controladores de las tendencias deshumanizantes y que nos dirigen hacia un futuro que no somos capaces de siquiera de aproximar.

Sin convicciones y visiones, sólidas o compartidas, nunca saldremos como sociedad de la medianía en la que estamos sumidos, pues no seremos capaces de articular compromisos por los que trabajemos con dedicación y cuidado, interesados solo en el bien común. Mucho menos obligar a nuestros aparatos de gobierno de lo colectivo a cumplir con nuestro mandato y estaremos a merced de las veleidades del ejercicio del poder