Por Félix Cortés Camarillo

Permítaseme hoy que hable de mi primera universidad, la Universidad de Nuevo León. Tengo motivo triste y rabioso para ello.

Conocí al arquitecto Joaquín Antonio Mora en 1959, cuando yo escribía mis primeras letras en el diario El Tiempo y él era el rector de la UNL. Tenía su despacho en la parte derecha -donde estaba además la facultad de ingeniería- del emblemático edificio del Colegio Civil, en el centro de Monterrey. No lo decía, pero él había participado en la remodelación del edificio, que sigue siendo, uno de los más queridos por los universitarios, tigres o no.

Tampoco presumía que había fundado la facultad de arquitectura, y mucho menos que en 1948 había ganado, junto con Enrique C. Livas, y firmando con el seudónimo de Cástor y Pólux, el concurso para darle un lema y un escudo circular a la UNL. Alere Flammam Veritatis. Alentar la llama de la verdad, reza en el frontispicio del Aula Magna, viendo a la placita del Colegio Civil. Sus finas acuarelas las guardaba con modestia.

Joaquín había nacido en Durango, hijo de un albañil. Como tantas familias, en el desmadre de la Revolución, los Mora se fueron a buscar la vida a Texas; ahí se formó, se hizo arquitecto y de ahí vino a hacerse regiomontano. Le decían El Moro, un poco por su apellido y otro tanto por el color moreno de su piel, y me tuvo en buena estima durante el corto tiempo de nuestra convivencia. Yo me fui a contaminar diez años en Europa, no volví a verlo, y él siguió siendo ilustre rector, protagonizando en gran parte la construcción de la Ciudad Universitaria. Luego entregó la rectoría a otro notable regio, don José Alvarado.

Esta semana, el lunes, en la sierra tarahumara, en Cerocahui, Chihuahua, un miserable criminal, bien conocido por todos los vecinos de la región, llegó con sus secuaces a la iglesia del pueblo persiguiendo a un guía local de turistas para matarlo. El hombre  buscó auxilio en el templo, y los dos curas que ahí oficiaban, ambos jesuitas estimados por todos, se acercaron a él y trataron de dárselo. El bandido mató a balazos al fugitivo y a los dos piadosos sacerdotes.

Uno de los jesuitas se llamó Javier Campo Morales, que le decían El Gallo, por cómo imitaba el canto de esa ave. El otro cura era Joaquín César Mora Salazar, que había nacido en Monterey un año antes que yo, en 1941. Era llamado Morita; un poco por su apellido y un poco por el color moreno de su piel. Era hijo del arquitecto Joaquín A Mora, El Moro, y había estado en Monterrey hace un par de semanas para celebrar, un poco adelantado, los cincuenta años de su ordenación sacerdotal, que se cumplieron, me parece, ayer. Su padre, El Moro había fallecido en 1966, cuando Morita era aun seminarista.

La pena no se detiene aquí. El criminal que se llama José Norié El Chueco, conocido y reconocido, y los compinches que con él venían, echaron los tres cuerpos de los muertos a la caja de una camioneta a pesar de los ruegos de un tercer cura que salvó la vida y presenció todo, y se los llevaron. Se llevaron también a otras tres personas, vivas, una de ellas menor.

Pero el dolor es mayor aún, pese a que para estos muertos sin sepultura pareciera ya excesivo: el discurso oficial responde al viejo cartabón que causaría risa si no fuera tan ofensivo, y que va más allá del “ya se está investigando”. Dice el presidente López que la autoridad sabía que esta zona es de fuerte presencia de la delincuencia organizada. Que saben quién es el asesino y que existe desde hace cuatro años una orden de aprehensión en su contra. 

Ah, también dijo que la carrera delictiva de este sujeto, que sigue prófugo, no había comenzado en su sexenio.

No hace falta decir más.

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