Por Francisco Tijerina Elguezabal

“Una comunidad es como un barco; todos deben estar preparados para tomar el timón.” //Henrik Johan Ibsen

No sé si sea oportuna, pero lo que sí sé es que inaplazable el hecho de discutir en nuestro país el tema que el PRI a través de su dirigente nacional, Alejandro Moreno, ha puesto en la mesa de discusión sobre la necesidad de facilitar el que los ciudadanos comunes y corrientes puedan tener un más fácil acceso a la adquisición de armas de fuego de mayor calibre para defenderse.

Lo he comentado antes, hace algunos años tuve por motivos de trabajo la oportunidad de permanecer largos periodos en diversos países de centro y Sudamérica y en ellos me llamaba la atención la necesidad que tenían los civiles de portar armas de fuego y contratar personal de seguridad para sus casas y oficinas. Todo el tiempo, en todo lugar, había personas con armas a tu alrededor.

En aquella época tenía la esperanza de que México no llegase a esos niveles de violencia e inseguridad. En 2011, cuando en Nuevo León vivimos el momento más álgido de la violencia, al grado de considerarnos la zona de mayor riesgo en el país, pensé que lo habíamos alcanzado, pero por fortuna no fue así.

Hoy, es cierto, no hemos alcanzado el nivel de miedo por la alta percepción de inseguridad en la zona metropolitana ya que no se aprecian los cadáveres colgando de puentes o se registran las ejecuciones en el centro de la ciudad a plena luz del día, pero tampoco podemos cerrar los ojos al enterarnos de que a diario se cometen ejecuciones y se registran balaceras en antros y restaurantes en distintos rumbos de la metrópoli.

¿Estamos realmente preparados para tener en casa, en el negocio o para portar un arma de fuego?

En mi niñez era común que hubiese armas de fuego en buena parte de las casas de Monterrey, en casa siempre hubo por lo menos una pistola que estuvo todo el tiempo a buen resguardo; cuando un ratero entraba a un domicilio era común saber que había sido recibido a punta de pistola y si no le herían, por lo menos salía a toda velocidad.

La dinámica cambió al endurecerse las leyes y reglamentos para tener armas en los domicilios y así dejamos de estar armados. Hoy, tal vez (y que conste que digo tal vez), sea el tiempo de volver a equiparnos con una de ellas para nuestra protección.

Sin embargo tampoco podemos soslayar el hecho de que la violencia familiar si no se ha incrementado, por lo menos tiene más visibilidad y menos tolerancia que antaño, de manera que los pleitos entre parejas son más conocidos y mucho más violentos.

Los requisitos para acceder a la venta de una arma legal en nuestro país no son tan difíciles de cubrir, sin embargo, ¿estamos realmente preparados para tener una de ellas en nuestros hogares?

Conozco y sé de historias de accidentes en los que se han desecho familias por errores al manejar un arma, ¿podremos y sabremos reaccionar de la manera correcta en el momento oportuno?

Todo un tema para el debate que lastimosamente debemos abordar en este momento gracias a la incapacidad de nuestras autoridades para brindarnos lo que debería ser su primera obligación: el resguardo de nuestra integridad y la de nuestras familias.