Por Laura Cevallos

Para construir una reputación, se puede uno tomar toda la vida, pero para que se destruya por un mal cálculo, en un solo movimiento se va todo al caño.

Los sexenios precedentes nos sentíamos honrados de tener periodistas de altura, que se atrevieran a desnudar a los corruptos del periodo, sus acciones putrefactas y a quienes constituían sus redes de acción; así, ­se nos convirtió en costumbre encender el radio -primero-, y luego la computadora para escuchar a Carmen Aristegui y a sus emblemáticos acompañantes, como Lydia Cacho, Anabel Hernández, Sergio Aguayo, Denisse Dresser, entre otros. Y claro, como en tierra de ciegos el tuerto es rey, nos acostumbramos a tenerla como referente de nuestra necesaria información cotidiana, y a sus comentaristas, como los que, desde sus escaños de privilegios, podían hacer análisis políticos concienzudos y muy documentados de la realidad que vivíamos.

Cuando “fue echada de mala manera”, según sus palabras textuales no una, sino dos veces; vetada primero por Calderón, cuando hizo eco de la acusación apuntada por Fernández Noroña que preguntaba que ¿si éramos capaces de permitir a una persona en estado de ebriedad, la conducción de un vehículo, por qué lo permitíamos con el país?, ella preguntó si Calderón tenía problemas de alcoholismo. La respuesta inmediata fue un veto terminante, ordenado al dueño de MVS, estación de radio donde Carmen era la estrella de los ratings y la periodista puntillosa que se arriesgaba a todo, amparada en la libertad de expresión. A Joaquín Vargas le tocó decidirse entre deshacerse de Carmen, la incómoda, (siempre y cuando ella y su equipo se tragaran el sapo de pedir disculpas públicas por señalar la condición alcohólica del “presidente”), o ser artífice de una negativa presidencial que le permitiera crecer las concesiones del espectro radiofónico que estaba buscando (lo cual resultaba ser un pretexto para un pleito de cuestiones diferentes). En ese momento, “las audiencias” la apoyamos con todo y muchos fueron sus acompañantes físicos en las protestas a las afueras de la radiodifusora, mostrando de parte de quién había que estar: de la verdad.

Se dio un acuerdo entre MVS y la conductora y junto con su equipo, se reintegraron a la radiofónica, aunque el noviazgo duró bien poco, ya que en 2013, casi empezando el sexenio de Peña Nieto, se presentó el reportaje que partió la carrera de Aristegui y su equipo de investigación en un antes (siempre pedregoso) y un después (cuando fue heroína de millones), haciéndonos creer que su ética y responsabilidad estaban por encima de pasiones bajas, como el gusto por el dinero. En fin, que volvió a ser corrida de esa “mala manera” por andar exhibiendo la corrupción cínica y majadera, con la que Peña, su Gaviota esposa, Luis Videgaray y otros ilustrisísimos personajes, también vinculados a Odebrecht. Esa Casa Blanca fue la siguiente caída de la periodista, pero aún nos hacía creer que el valor informativo estaba por encima incluso, de vetos y castigos.

¿Dónde o cuándo cayó, finalmente, la reputación de esta periodista? Sin duda, su regreso a las audiencias por medios virtuales, les dio una libertad nunca antes saboreada, ya que era (y es) su propio limite sobre qué y cómo informar. Sus primeros actos contra las audiencias, al señalarnos de bots a miles de personas que la escuchábamos y que pusimos fin a esa relación informativa; en segundo lugar, su preferencia abiertamente conservadora y gustosa al oír la crítica baja sobre el Presidente y sus actos ejecutivos, pero lo peor, su aval a piezas que lejos estuvieron de ser reportajes rigurosamente elaborados y que acabaron siendo inferencias, como la fábrica de chocolate, para atacar directamente a los hijos mayores de López Obrador, uniéndose al equipo de no-profesionales de la comunicación, como Loret y Brozo. Pero el motivo final, no es otro que autoadscribirse en el plan de la víctima que solo hace su trabajo -pobrecita-, y el presidente la ataca sin motivo (cómo no) y con ello provoca a los bots (volvemos al principio), para que le ataquemos. Conclusión: esos actos derrumbaron una carrera de más de 20 años de conservar una aparente congruencia y difícilmente se restaurará, pues su soberbia es más grande que ella y su innegable habilidad para entrevistar.

Una segunda periodista que es víctima de sus propias palabras, es Anabel Hernández. Escribió varios libros en materia de crimen organizado y en particular, de narcotráfico que, a lo largo de varios años, se benefició de una relación con el abogado del cártel del Mayo Zambada y otros personajes de oscurísima reputación pero que, para fines de la escritora, tenían validez en sus testimonios y opiniones. De hecho, varios de sus libros se han utilizado como medios para hilar historias y concatenar, quizá, algunos testimonios como medio tan fehaciente, que pueden considerarse casi como material probatorio.

Les apuesto doble contra sencillo que todos aquí, supusimos que su estadía en Italia por las amenazas de que fue objeto, precisamente por su valentía al denunciar actos del crimen organizado y el narcotráfico, justo en la época más álgida de las desapariciones ordenadas y/o permitidas por el usurpador genocida. Y desde luego, la amenaza que supone escribir acerca de un García Luna, capaz de desaparecer cualquier evidencia que lo ligue a la comisión de delitos, incluyendo personas, si es lo que se requiere.

Nadie le regateó nunca su valor al adentrarse a las entrañas del narco para exponer, desde ahí, esos temas donde se entrelazaban hechos donde no sólo eran protagonistas los “malos”, los “narcos”, sino también los miembros de las fuerzas del orden civil, los militares, funcionarios y lo peor, las personas comunes y corrientes que no solo eran víctimas, sino además, revictimizados por la enferma mente de Calderón. Y claro, ella denunció -entre otros-, a García Luna y su equipo: Cárdenas Palomino, Rosas Rosas y otros más.

Nadie puso en duda su compromiso con la información, hasta el momento en que empezó a manejar un discurso raro, que contrastaba de manera artificial, con su carrera de investigadora, señalando que el Presidente López Obrador tiene vínculos con grupos delincuenciales. ¿Su fuente? Para nada sus anteriores informantes, que podríamos hasta pensar que de tantos años que han estado en contacto, hasta podrían ser amigos, no; se trata de la inferencia barata de que, como al acudir a una gira de trabajo a Badiraguato y enterarse que la madre del Chapo quería pedirle que le recibiera una carta donde suplicaba poder obtener una visa estadounidense y un permiso para ver a su hijo, quizá por última vez, teniendo en cuenta que la mujer tiene más de noventa años; ya por eso, se comprueba la relación malsana del Presidente y el narcotráfico.

Y aún más, su “autoridad moral” le desató el síndrome del “yo sé todo de todos” y se puso a escribir libros donde exponía la vida de las mujeres del narco, que si bien tienen culpa de ser parejas de personas que se dedican a cosas malas, tampoco les podemos atribuir una responsabilidad directa en tales hechos, y menos, si digerimos que no es fácil salir de esas situaciones con un “bueno, chato, gracias por todo, pero ya me voy”.

Su última publicación, en vez de haber sido bien acogida, se convirtió en una ola de demandas en redes e incluso judiciales, de parte de los protagonistas de su historia: Ninel Conde, Andrés García, Galilea Montijo, etcétera. Ella afirma que las mujeres no son muñequitas sino el apoyo moral que necesita el delincuente después de ordenar una masacre. Yo además, imagino que si un tipejo de esos, llega con su séquito de guarros horrendos, armados hasta los dientes y le dicen a la chica que la quieren para decorar su vida, y van a tener todo lo que han soñado y más, difícilmente haya alguna que resista o la tentación de los viajes y los mimos económicos, o bien, un “no” que signifique, probablemente, un acoso que implique poner en riesgo su integridad y la de su familia.

Total, que para esta escritora su caída no sólo se explica como el rechazo que millones de mexicanos le hemos expresado, porque una cosa es estar en contra del presidente y desestimar sus políticas o formas, y otra, muy distinta, acusarlo de protagonizar una narcopresidencia. ¿Qué le ha hecho cambiar de bando, cuando hasta antes del cambio de régimen, López Obrador era el único candidato que cambiaría para bien lo que ya estaba muy señalado de estar podrido en regímenes anteriores? ¿Cómo es que ahora está en duda su credibilidad a raíz de una carta de la defensa de García Luna, que pone en duda si se trata de ella, la periodista a que se refiere el señor de la muerte, como quien ha estado “difamando sin fundamento” a su cliente”?

En un intento raro de la defensa de García Luna, expusieron a Anabel como una mujer a la que no se le puede creer, si es que ella es quien acusa al exsecretario de seguridad pública, el policía magnífico de Calderón, por sus tareas brillantes y condecorado por su gobierno y otros países, y al mismo tiempo, señala los vínculos de López Obrador con grupos delincuenciales.

Desgraciadamente, la reputación y la credibilidad de toda una vida denunciando delincuentes, haciendo uso de los dichos de otros de su misma ralea, en aras de limpiar su nombre, o de vengarse, pero que siempre se tuvo por buena, dado el rigor con el que la escritora dijo haber realizado tales pesquisas, se pone en entredicho porque su locuacidad para señalar a todos los que le parezcan desagradables, hoy, se convierten en piezas que juegan en su contra, y que, como en el jenga, una mala jugada destruye la torre entera.

Cierto, se trató de sexenios siniestros, violentísimos, protagonizados por monstruos a los que había que denunciar y ambas periodistas, entre otros, se ganaron un lugar especial en el gusto de la gente, por esa valentía con que se alzaron al denunciar hechos nefastos, que nos permitieron asomarnos a una realidad que nunca nos habían dicho que existía.

Llegó Andrés Manuel, a quien conocen de sobra; con quien Carmen platicó varias veces, y quien recibió personalmente el apoyo y admiración del propio AMLO y, lejos de mantener su línea de denuncia abierta para seguir publicando las cosas que había que cambiar, a los cínicos de siempre, que se colaron a este sexenio para seguir robando, se fueron a atacar al Presidente, como ocurre con un perro de pelea, que ya no ve contra quien, pero sigue mordiendo.

López Obrador nunca ha necesitado defensores, aunque antes precisaba de medios para difundir lo que hacía, pero hoy no y menos, cuando lo que sobran son periodistas que cambian de corriente como las veletas.

El hecho es que, ante nosotros, los lectores, audiencias o como quiera que sea que se nos denomine, el rating o los medios que cobijan a estas difusoras de verdades parcializadas no son determinantes para la credibilidad que merecen sus trabajos.

El juez Cogan, quien estará a cargo del proceso contra Genaro García Luna por tres cargos principales relacionados al narcotráfico y tráfico de armas le tocará dar credibilidad a la carta de estos abogados defensores y determinar, en caso de que la periodista señalada de atacar a su cliente, constituye un testigo fiable para la defensa o contra la honorabilidad del Presidente López Obrador quien nunca ha sido vinculado a ninguna actividad ilícita o ilegal, por más que este discursillo pagado para golpearlo, haya tenido sus instantes de alegría para quienes se solazan en el infundio y el escarnio que surgen de personas sin dignidad ni decencia.

El juicio del pueblo siempre es atinado y en estos tres años se han ido desenmascarando las intenciones de las arpías. No olvidemos que sigue siendo tiempo de zopilotes.

@cevalloslaura