Por Félix Cortés Camarillo

Con un solo tiro decente que apenas pasó por encima de la portería de Ecuador, y con un marcador final de cero a dos, Catar ganó ayer la primera copa del mundo del futbol que se juega en un país musulmán. No tiene importancia si su selección nacional queda en el lugar 32 de la tabla general de posiciones. El país –mejor dicho, su gobierno– ha logrado su objetivo: demostrarle al mundo, especialmente al Occidental, que no es solamente un país riquísimo erigido sobre enormes yacimientos de petróleo y gas, que ocupa el primer lugar en el producto interno bruto per capita del mundo, sino también un país par, digno de sentarse a la mesa de todos, a pesar de ser una dictadura medieval retrógrada y represora de sus propias mujeres, de los migrantes que conforman el 80 por ciento de su población, y de todos los que no piensen igual que su gobierno.

Después de la ceremonia inaugural de ayer, el mundo entero se quedó maravillado por la belleza y perfección arquitectónica y funcional de los estadios, las danzas y los efectos de artilugio y por el discurso políticamente correcto y de inclusión, dicho por el excelente actor Morgan Freeman, que lo mismo interpreta a Dios que a Alá, aunque mi mujer me dice que es el mismo.

Pocos toman en cuenta de que esos estadios fueron edificados por miles de braceros esclavizados, que la falta de oportunidades en sus tierras les mandó a trabajar en condiciones inhumanas. Cerca de siete mil seres humanos murieron edificando las maravillas.

Desde hace muchos años, el deporte ha sido utilizado por los gobernantes, especialmente por los más reñidos con la democracia, para ponerse encima un barniz que legitime sus defectos ante una masa cautiva del embrujo que las justas deportivas poseen. Gustavo Díaz Ordaz pudo tener entre sus motivos para la represión de Tlatelolco varios imaginables; no me queda duda sin embargo, que él no podía permitir que el movimiento estudiantil le manchara sus juegos olímpicos de 1968.

Adolfo Hitler quiso limpiarle el rostro al régimen nazi haciendo los juegos olímpicos de 1938 en Berlín: un año más tarde invadió Polonia para dar inicio a la Segunda Guerra Mundial. La dictadura militar de Argentina, esa que mandaba arrojar a los disidentes desde helicópteros al Río de la Plata o al mar, se sirvió de la Copa del Mundo de 1978, pero mucho más del triunfo de la selección de su país en la final para darse un lavado de cara frente al mundo.

Sportswashing, le dicen los que saben. Lavado por medio del deporte. Sólo nos falta que en su delirio por el poder, la cuarta simulación quiera apoderarse de la siguiente copa del mundo, que organizarán en tríada Canadá, Estados Unidos y México; ya adelantó Marcelo Ebrard que la inauguración de la copa americana superará lo que hicieron los cataríes ayer.  Y si agregáramos, Dios nos libre, a Donald Trump en la Casa Blanca, ya nos jodimos todos.

PARA LA MAÑANERA (Porque no me dejan entrar sin tapabocas): Tiene razón el presidente Lopitos en su cita: progreso sin justicia es retroceso.  No menos cierto lo es que dádivas sin crecimiento de la economía es demagogia peligrosa.

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