Por Carlos Chavarría

Existen muchos dilemas éticos no resueltos a cabalidad. Uno de los principales radica en la determinación del daño consecuencial y agregativo que puede hacer una sola persona.

El derecho tiene entre sus fuentes a la ética, y aunque existen razonamientos para aplicar la justicia distributiva cuando se trata de conflictos entre individuos, no se ha resuelto el asunto distributivo cuando el daño se infringe desde y por quien ejerce el pináculo del poder.

La gran mayoría de políticos electos o que llegan a funcionarios por la propia negociación política, olvidan que su paso por esas posiciones es efimero, y cuando se retiran o terminan su gestión dejan una estela de perjuicios o beneficios, pero en cualquier caso, ellos no van a arreglar o resarcir los primeros.

¿Qué tanto mal o bien se puede causar desde el poder? Sabemos que dependerá de las consecuencias, sus efectos agregados y la extensión de grupos y generaciones que se verán afectadas o beneficiadas según cada caso. Por supuesto que en muchos se intentaba hacer algo bueno, que le concediera algún beneficio a un sector de la sociedad pero, por lo regular, los actos de las personas siempre tienen dos caras.

Esa es la razón por la que cualquiera que aspira a ejercer el poder público tiene como primera virtud la prudencia en su dicho y en sus acciones. Aquellos que ejercen el poder debe ponderar con total objetividad y más allá de sus aspiraciones y sentimientos personales, la magnitud de las consecuencias de todos sus actos, los cuales empiezan por el discurso, por lo que se dice.

El que ejerce el poder no puede asumirse como una persona cualquiera, que vocifera y reclama sus derechos, como si estuviera en una  plaza pública común y corriente, además incitando a otros a descargar su ira por los mismos caminos que él cree que le serán más justos.

El que ejerce el poder puede hacer demasiado daño cuando da rienda suelta a sus enojos y estos acaban por dirigirlo hacia su propia destrucción y de aquellos a los que representa.

Los impulsos irreflexivos en quien gobierna siempre conducen a más conflictos que los que pretenden resolver, así como mayores daños que el bien que esperan causar, la desgracia es que no hay forma de hacer el balance final sino de manera retrospectiva, cuando ya será tarde.

Alguien ha dicho y no se equivoca, que el bienestar, como la felicidad, son siempre elusivos y hasta ilusorios, pero el sufrimiento causado se queda clavado en la conciencia de quienes lo padecieron o atestiguaron. Esta es la razón del porqué la historia registra con mas facilidad las tragedias que los beneficios ocasionadas desde el poder y aquellos que las causaron estarán marcados  por siempre por las primeras.

Nada de lo aquí expuesto es nuevo, es casi sabiduría popular, el presidente lo sabe también, como conocedor de la historia nacional, si actúa como lo hace, siempre moviéndose en los linderos de conflicto, es porque no acepta equilibrios o consejos por parte de nadie. Serían mayores sus logros bajo el manto de la unidad y la convivencia, pero como otros personajes de nuestra historia, los hizo perderse su carácter irascible y pendenciero.

Tan sencillo es que primero analice y pondere con frialdad, cuanto bien y mal está haciendo con sus gestiones y se percataría que, desde ya, será recordado más por sus exabruptos que por su nobleza; que la debe tener; pero en su afán vindicatorio, no la deja brillar.